Un nudo a la vezEsta semana mi Sponsor y yo cumplimos 14 años de casados. ¿Muchos? ¿Pocos? No sé…nuestros.

Como suele suceder, los años pasan sin darte mucha cuenta mientras estás en la labor diaria de ser, de estar, de compartir. Yo siento que fue ayer que por una afortunada casualidad él comenzó a recibir unos correos electrónicos (en la época en la que los correos electrónicos eran LA novedad. Sí, sí hubo ese día Millenials ¡y no fue hace tanto tiempo!) de un grupo emocionado por su reencuentro (mis amigos de primaria) que con la novedad del ciberespacio enviábamos mensajes a la menor provocación.

Cabe aclarar que para empezar yo no quería ir a la comida (sí amigos del CIP, lo acepto: me daba muchísima flojera) pero terminé yendo bajo la premisa de hacer algo diferente y abrirme otros círculos. Las cosas SIEMPRE pasan por algo ¿se acuerdan?

Para ese entonces todas, T-O-D-A-S, mis amigas estaban casadas y muchas ya con hijos. Teníamos 26 años (¡Pfff!). Yo me había convertido en su proyecto personal de “hagamos algo para que no se nos quede” hasta que un día, harta de los blind dates y de toda su “ayuda”, hice un anuncio oficial en el que quedó establecido que estaba prohibido volverme a conectar con nadie. ¡Basta! Si iba a ser” la tía Valeria”, por mí, estaba perfecto y las que lo tenían que superar eran ellas. Mi trabajo me encantaba y mi carrera estaba en su mejor momento, yo estaba muy bien así. Después de una ruptura tormentosa con un novio de muchos años y todo el drama que eso implicó, por fin estaba realmente convencida de lo que decía: lo sentía. Si eso era lo que había para mi futuro yo estaba muy feliz con el plan (sentirlo orgánicamente).

Y entonces llegó la invitación a la reunión de ex alumnos de primaria. Long story short: fui, la pasé increíble y como era la costumbre: al final intercambiamos direcciones de email para hacer un grupo que, a partir de ahí y cobijados por la euforia, pasamos 15 días compartiendo cualquier cosa, más por el hecho de esa nueva tecnología que por tener asuntos nuevos que decirnos, pero así le hicimos.

Y así, un día, un desconocido me responde un mail en donde me comunica que había recibido muchos mensajes dirigidos a alguien de su oficina; una que dio la dirección de servicio al cliente de su empresa y no la suya. La susodicha no fue al reencuentro pero, había dado su tarjeta a alguien unos días antes y así fue incorrecta y afortunadamente, incluida en la lista de distribución.

Total que este señor explicaba que había preguntado a la implicada si quería que le redirigiera los correos y ella, había dicho que no estaba interesada en recibirlos (cosa natural), pero que él, en cambio, sí estaba MUY interesado en saber en qué acababa lo que yo había contado en ese mail sobre el que me estaba comunicando todo esto. A la fecha él asegura que “fue el único mail que abrió de todos” pero hoy, sabiendo lo “averiguado” que es, estoy totalmente segura de que no fue así: es un voyeurista incurable. Cabe aclarar que mi mail era MUY “explícito” por decirlo de una manera y escrito en “francés”, por decirlo de otra.

Así que ya se imaginarán el OSO que me causó leer eso.

Paso 1: reclamar entre los compañeros la grandísima metida de pata (en “francés”, obvio).

Paso 2: pedir disculpas al señor y asegurarle que no volveríamos a molestarlo.

Y ese fue el comienzo: el señor no se dejó, siguió sacando plática cibernética (mucho tiempo me dijo “ciberchic”), consiguió mi teléfono, me hizo trampa para convencerme de que saliéramos y, finalmente, logró que una conocida común encontrada de casualidad lo avalara y me dijera que no me iba a tirar en un barranco: mí querida amiga Fleur.

Y el resto, es historia…

16 años después (dos de novios y 14 de casados) aquí estamos. Con dos hijos espectaculares, cuatro mudanzas, dos perros, muchos viajes, experiencias y aprendizajes. Cuando nos conocimos él decía que vivir en pareja era para pasarla bien y yo pensaba que era para crecer. Creo que hoy estamos de acuerdo en que el objetivo de estar juntos es crecer, pasándola bien, sabiendo que no siempre se logra así y eso también está bien si el overall es positivo.

La verdad es que vivir en pareja no es fácil y las expectativas del entorno y las propias tienen un gran peso sobre las relaciones. Las desilusiones son proporcionales al “sueño”. Y el “sueño” es bastante irreal y muchas veces está mal fundamentado.

Por supuesto que hay problemas, inconvenientes y días en que no sé cómo uno no ha matado al otro (so to speak) pero, para mí, el matrimonio es como el mar: a veces estás arriba de la ola, a veces abajo, otras flotas de muertito o está picado, unas tienes que remar más duro y muchas más te pega una revolcada de la que piensas que no vas a poder salir. Hay días soleados y tormentas de antología. Pero si aprendes a conocer las corrientes y el clima, navegar se vuelve más agradable, más constante. Sin duda, la clave del éxito para la travesía es entender que no vas solo, que el barco es de dos y tripularlo no es responsabilidad de uno sino un plan conjunto con un destino en común en donde las dos partes tienen que remar constantemente. Y que también, se vale soltar un poco tu timón y dejar que el otro te lleve de vez en cuando.

Hay veces que el plan y el destino cambian y si estos ya no coinciden es momento de cambiar de barco.

Cada quién sabe qué es lo mejor. Para nosotros, hoy, estar juntos sigue siendo la elección y me parece que la única manera de lograr una buena travesía es hacerla así: por día, sin grandes expectativas, simplemente seguir compartiendo y resolviendo diariamente lo bueno y lo malo realmente.

Cuando yo tengo dudas de si este es el barco correcto, me asomo en sus ojos y entonces veo todo eso que vi el primer día. Veo que la persona y las razones por las que me subí siguen estando ahí, y que aunque todo cambia constantemente, él sigue siendo ESE que yo elegí y entonces sigo remando.

Porque en 14 años han habido muchas tormentas y mi compañero de viaje lejos de abandonar la nave se ha puesto, cada vez, a remar más fuerte y a crecer sin importar lo doloroso que eso haya sido por momentos. Porque siempre está. Porque me quiere exactamente como soy aunque seguramente me podría ahorcar por momentos (o por días). Porque aún con toda mi lista de quejas, y la suya, sé que pase lo que pase en la noche nos abrazamos y eso me hace sentir paz. Porque cree en mí hasta cuando a mí se me olvida hacerlo y apoya cada una de mis cruzadas extremistas, radicales y extrañas. Porque se involucra, se compromete y es fiel a la causa de crecer a los tripulantes de 10 y 7 con todo lo que eso implica. Porque nada se compara a ver cuánto y cómo los quiere y la adoración que le profesan esas personitas de regreso (aunque eso implique que él sea el héroe y yo la bruja la mayoría de las veces) y, entre muchísimas otras cosas, porque nunca me dice que no a otro capítulo de House of Cards aunque ya no sean horas.

Gracias George por cada uno de estos 14 años y todos sus días. Como sea que esté el cielo en el futuro, nuestro barquito se ha hecho de una buena brújula para guiarnos y descubrir que sigue: un nudo a la vez.

Valeria Stoopen Barois

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