Los famosísimos (y falsísimos) propósitos de año nuevo

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Los propósitos de Año Nuevo, para mí, son lo más parecido a una serie de cosas que quisiéramos que pasaran, pero ya sabemos que nunca van a suceder.

Hace unos 15 años me acuerdo de haberle anunciado al mundo, con 2 meses de anticipación, que a partir de ese 1 de enero yo no volvería a fumar un solo cigarro de todos los que me fumaba cada día. Con bombos y platillos fui por la vida dando por hecho que, como por arte de magia ese pésimo, y delicioso hábito, terminaría de tajo, solo, por ser mi propósito.

Al día 5 decidí que, obvio, yo era capaz de fumar solo un cigarro por semana. Luego uno, por evento social; luego uno, por día, y en no mucho tiempo ya estaba yo, otra vez, en solo, mi cajetilla diaria.

#TodoMal

Y es que los famosos propósitos pueden ser una gran manera de crecer y lograr cosas, pero me parece que bajo el estandarte del Año Nuevo abusamos un poco de la realidad y nos quedamos siempre muy cortos con los resultados.

Pero la culpa no la tiene esa bonita tradición. La culpa la tenemos nosotros que no aprendemos a conocernos y a ser tantito más realistas.

En Nueva York, por ejemplo, las dos primeras semanas de enero las secciones de frutas y verduras de las tiendas se quedan vacías ante la intensidad de sus habitantes que se avientan enfermamente al mundo saludable… y dos semanitas después ya están todos como si nada y las manzanas de vuelta en las tiendas.

El problema radica, según yo, en que nos proponemos cosas que comprometen nuestra esencia y no son compatibles con nuestro corazón. Nos proponemos cosas, actividades o metas que van en contra de quienes somos realmente y eso hace que, de entrada, arranquemos en tercera. Porque no hay manera de hacer nada si, para empezar, no estamos en sintonía con nosotros mismos. Nos enfocamos en más. Siempre más, de todo, y menos de nosotros, no importa lo que tome ni la factura que nos pase. Más, más, más y por eso acabamos siempre con menos.

Todas las metas están enfocadas a crecer externamente y vernos más chingones en cualquier sentido o mejorar en cada aspecto de la vida: del trabajo, de la salud, del altruismo, del ejercicio, de las escuelas, las vacaciones, las casas, de la pareja, de los amigos…

Nos pasamos la vida haciendo y diciendo para los demás y francamente ya estuvo bueno.

¡Estoy hasta la madre de tanto requisito y de andar poniendo los sentires de los demás antes que los míos!

Así que este año, mi propósito es no tener propósitos.

Estar. Fluir. Soltar.

Y darme permiso de ser yo sin tantas mamadas. Simple y sencillamente: yo.

Quererme más a mí. Aceptarme más a mí. Escucharme más a mí.

Poner atención a lo que realmente quiero y sobre todo ¡a lo que no quiero!

Voy a ejercitar mi manera de tratarme, de proyectarme y de compartirme.

Voy a hacer las cosas que realmente quiero hacer y a estar ¡solo! con quien quiero estar.

No pienso andar quedando bien, ni hacer absolutamente nada por compromiso y voy a fijarme muy bien que las personas que están, estén porque les raya estar.

Que todo lo que dé y reciba, sea únicamente, por gusto y que riamos a carcajadas.

Esto no quiere decir que me voy a pasar todo por el arco del triunfo, ni que me voy a dar permiso de ser la anarquía en persona. Por supuesto que no me voy a salvar de mis obligaciones personales, familiares y profesionales. Claro que necesitaré hacer todo lo que esté en mi para estar saludable y ni que decir de que seguir respirando profundo será indispensable para no matar a nadie en momentos de estrés. No estoy tirando a la basura todo lo aprendido. Ni me lavo las manos de que efectivamente hay que ser un buen ser humano, una buena pareja y tener empatía y responsabilidad con el resto del mundo y tu medio ambiente.

Repito: no me voy a tirar al abandono, ni me voy a convertir en una huevona, ni quiere decir que voy a ser una castañuela y se me quite lo amargosa, o que dejaré de querer controlar todo lo que sucede en mi vida mágicamente (¡ojalá!) o que a partir de este año me valgan madres las cosas que cero me valen madres.

No.

Quiere decir que voy a darme permiso de ser yo sin ningún tipo de restricción y a que cuando eso suceda, cuando mis lados b aparezcan, cuando me ataque la angustia, cuando esté furiosa, o cometa un pecado capital alimenticio, o pierda totalmente la paciencia, o sea la persona más cagante del mundo y lo haga pésimamente mal en cualquier cosa; cuando me muera de flojera; cuando nadie me soporte y me sienta la bruja mala; cuando me ataque la desidia, cuando traiga a todos mis parientes hasta la madre y quiera escaparme y nunca regresar; cuando me alcancen todos mis achaques y me muera del dolor… cuando todo eso suceda voy a decirme a mí misma que todo eso está bien.

Que no pasa nada.

Que todo pasa.

Que esta soy yo.

Que puedo soltar y fluir.

Que nada es tan importante.

Que todo está bien y que si alguien no está bien con eso —conmigo— también está bien, y que ese no es mi problema.

Los invito a que este año trabajemos más en nosotros. En la manera más básica de trabajo personal que es, simplemente, darnos chance de ser quienes somos. Porque nada puede florecer si primero no abonamos nuestra propia almita.

Si además tienen mil propósitos rimbombantes, los felicito, espero de corazón que hagan todos sus deseos realidad.

Yo, por lo pronto, me quedo conmigo.

¡Feliz 2018 a cada uno de ustedes!

P.D. Eventualmente logré dejar de fumar sin hacer alaracas. Me costó un huevo y la mitad del otro. Es la mejor decisión que he tomado en mi vida, pero al día de hoy me fumaría 4 seguidos en ciertos momentos.

Valeria Stoopen Barois

L ´amargeitor

 

*Este post fue previamente publicado por el Huffington Post México

 

 

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