Diapositiva1Oigan y sí, que bonito y que padre lo de los bebés y los hijos y lo de los límites y que nos enfoquemos en hacer la chamba de papás y le echemos ganas y seamos más listos y todo eso…

Sí.

¿Pero y nosotros?

¿Cómo estamos de nuestra almita y nuestro corazoncito con todo eso sucediendo en nuestras vidas?

Lo digo porque últimamente me cacho tristeando un poco y pensando lo tremendo que es que los hijos crezcan. Y no me refiero a la chinga que representan los bebés, me refiero al hecho de que, crecer, significa también: soltar.

Vamos liberando nuestros hijos al mundo y viendo cómo se van convirtiendo en personas independientes, con una voz propia y su propio universo emocional y vamos, sobre todo, entendiendo cómo para hacer eso, nuestros críos necesitan desmarcarse.

Romper con nosotros, para encontrarse a ellos. Se autodefinen empujándonos y no sé a ustedes, pero a mí eso hace que últimamente, me duela el corazón.

Claro que entiendo la parte racional de esto. Me parece fantástico el proceso y las razones por las que todo eso tiene que suceder y sobre todo, el fin, que es que nuestros chavos emerjan de todo el proceso como adultos integrales.

Pero la verdad, la verdad, la verdad, emocionalmente como papás…está de la chingada.

Es durísimo entender que esa personita que no se podía separar un metro de ti sin llorar, que necesitaba que le dieras de comer en la boca, que te veía como si fueras la última coca en el desierto y que nunca le eran suficientes las horas de jugar contigo y estar en tus brazos, de pronto te voltea los ojos por cualquier cosa, te pide que no entres a su cuarto, padece físicamente la pena de ser tu hij@ y le caga, básicamente todo, lo que sale de tu boca.

Es una chingadera tremenda de la vida que casi de un día para el otro nuestros hijos dejen de ser nuestros grupies ¿a poco no? Es físicamente doloroso el statment que hace un puberto de tú no eres yo y hazte para allá porque qué pena me das –pero claro “dame dinero, quiero un celular, llévame a la fiesta, y cómprame ropa porque toda la que tengo está espantosa y es de teto”-. Esta dualidad entre que no pueden vivir sin nosotros todavía, pero no nos soportan, es francamente desquiciante ¡y muy peligrosa! porque basta que estés tantito fuera de tu centro en ese momento preciso, para engancharte con ellos por cualquier tontería y que arda Troya.

Y es que justo cuando pensábamos que ya le habíamos agarrado la onda a eso de la paternidad y creíamos que no había estado tan grave -#BenditosBloqueosMentalesEstuvoCañónPeroYaNoMeAcuerdo- llegan las hormonas  para desmadrarnos todo y para convertir a nuestros niñitos en estas personitas que por momentos quisiéramos desconocer y a nosotras -con la menopausia empezando a dar sus latigazos- a volver a subirnos ¡otra vez! a la pinche montaña rusa hormonal -porque amamantar, parir y estar 9 meses con otro humano dentro, no eran suficiente chinga- ¡mmmta, se pone increíble!

Hace 5 minutos eran unas extensiones de nosotros, unas remoras dependientes, y amorosas y ahora, sin aviso, resulta que no. Que son ellos, pero como no saben quiénes son, entonces necesitan encontrarse y para que eso salga bien, nosotros, tenemos que hacernos para atrás.

Ouch!

Estimados padres de familia: se vale llorar.

Es como llegar a tu oficina a trabajar después de 14 años y que te reciban con un policía, una caja, un aviso de que a partir de ese momento tus servicios ya no son requeridos y además, no te liquiden por no haber fondos.

Está muy cañón desprendernos de la infancia de nuestros hijos. De los roles que jugábamos como papá y mamá. De la enorme satisfacción que daba tener todo “bajo control”, de que existieran los horarios de dormir, de comer, de jugar y nadie los refutara. Y de que, sobre todo, estar con nosotros fuera el highlight de sus días y eso hiciera que todo valiera la pena.

Me parece que es muy importante validarnos y darnos chance de sentir ese mini duelo y después, necesitamos limpiarnos los mocos y aceptar que el juego ya no va a ser el mismo, que las reglas van a tener que cambiar, que la dictadura perfecta se acabó y tendremos que dar pie a una democracia y que todo eso que tan bien nos había funcionado ya-no-a-pli-ca.

Tendremos que aprender, otra vez, a ser papás y mamás de estos nuevos entes… Por supuesto los principios, las leyes fundamentales y las bases serán las mismas. La autoridad seguiremos siendo nosotros y siempre tendremos el derecho a veto y la última palabra en cuanto a su seguridad y sus límites.

Peeeeero…

Necesitaremos reinventarnos como papás y mamás.  Nuestros hijos van a necesitar otras cosas de nosotros y deberemos estar listos para adaptarnos y saber dárselos y encontrar otras maneras de comunicarnos, otros métodos para conservar y fortalecer el vínculo que tanto cuidamos cuando eran niños, otros sistemas para establecer relaciones cercanas, respetuosas, duraderas. Otros modos de disciplinar, de ser el jefe, de contener y de guiar porque que quede claro, no se trata de abandonarlos a su suerte y desentendernos, ¡todo lo contrario! Solo que ahora habrá que hacerlo con sistemas diferentes y personitas opinionadas y con su propia agenda -por si se andaban sentando en su zonita de confort y para que no se aburran-.

Re-conocerlos, aceptarlos y respetarlos, no como nuestros…como ellos. No como quisiéramos que fueran o hicieran…sino como ellos van aprendiendo a ser.

Tendremos que abrir espacios para permitirles decidir, asumir, opinar, arriesgarse un poco y experimentar bocanadas de libertad tratando de que no se pongan demasiado en riesgo. Ensayos, errores, corazones rotos, y mecanismos de reconstrucción y resiliencia para seguir construyéndoles el alma y ayudarles a encontrar herramientas para aprender a resolver lo que la vida les mande.

Ese es el objetivo y lo que hará que la friega, las discusiones, las puertas azotadas y las malas contestadas valgan la pena. No hacerlo, hará que esta nueva etapa sea un viacrucis para todos los involucrados; la tensión hace que las cosas se rompan y ¡lo que menos queremos es romper con nuestros chavos! Porque ¿qué creen?  Que, si rompemos ahorita, no podremos volvernos a acercar cuando sean adultos, la relación de hoy será la de mañana y la única manera de lograr una saludable es aprendiendo a ser flexibles y updatear nuestros sistemas y tal vez así, de pasada, nuestros chavos no tengan la necesidad de rebelarse con tanta vehemencia y transitemos todos una adolescencia más pacífica.

Esa es la apuesta.

Pero mientras, nomás un ratito, permítanme sentirme un poco devastada de lo que sucede, de lo que está por venir, de lo que ya se fue, de lo eterno y lo desafiante  que se ve el futuro cercano llamado “la adolescencia de mis hijos” y después, recuérdenme esa frase que tanto me gusta de Stephen Hawking  para tatuármela en la cabeza y recordarla cada vez que me tiemblen las piernas… ¿cómo era? ¡ah sí!:

La inteligencia es la habilidad de adaptarse al cambio

Es hora de ser papás y mamás más inteligentes, aunque eso sí -por lo menos en mi caso- los arrumacos de su mamá ¡nunca van a ser negociables!

L´amargeitor

 

*Este post fue previamente publicado en la Revista Moi

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