Diapositiva1Estoy sentada en el sillón de un cuarto de hospital acompañando a mi papá, tiene 80 años y hasta hace muy pocos, nunca tuvo un problema de salud. No me acuerdo de una sola vez que se haya quedado en casa acostado o quejándose de algo, en este momento incluso, en su arresto hospitalario forzado, pasa los días pegado a su celular organizando juntas, corrigiendo textos, afinando conferencias y correteando gente para las cosas se hagan y se hagan bien.

Su amor por su profesión y su pasión a la radiología, al servicio, al conocimiento, a la formación y a la absoluta calidad en todo lo que emprende, exceden cualquier cosa que yo les pueda contar. Sin temor a equivocarme, puedo decir que a mi papá solo le han importado dos cosas en su vida: su trabajo y su familia -tal vez en tercer lugar estaría un muy buen vino con una comida deliciosa- Mi hermana y yo crecimos viéndolo trabajar. Mucho. Siempre activo, siempre viendo al futuro, siempre enfocado y de alguna manera también, siempre ahí, muy cerca de nosotras, siempre tratando de llegar a ponernos la pijama y contarnos un cuento antes de dormir y no cualquier cuento…¡los cuentos inventados de mi papá llenos de aventuras fantásticas revueltos con nuestra realidad y su imaginación es uno de los mejores recuerdos que tengo de mi infancia y fueron legendarios!

Mi papá no es un hombre de muchas palabras, no hemos tenido mil conversaciones profundas y me faltan horas de preguntas que hacerle, pero cuando le pido su opinión o se ha acercado a dármela en los momentos cruciales de mi vida, su visión, su ecuanimidad, su claridad y su capacidad de analizar cada situación siempre han sido como prender la luz en un cuarto oscuro.

Y es que, si bien las mamás son la columna vertebral de una persona, los papás son, sin duda, el cimiento para construirte. La base. El lugar donde te plantas y a partir de ahí, eres.

Yo sé poner un taquete, cocer pasta al dente, manejar un coche de velocidades, abrir una botella de Champagne –“sin tirar una gota ni sacarle el gas”- podar un rosal, manejar en carretera, cambiar la llanta de un coche y matar un alacrán sin hacer un show, gracias a mi papá; cosas que me enseñó en las famosísimas “clases de los sábados” que se destinaban a eso: a aprender cosas “indispensables” para la vida, que por supuesto en su momento nos parecían alucinantes pero como no había opción de faltar, las aprendías, y ¿saben qué? Sí. Todas han sido indispensables.

Mi papá nos quiso enseñar a ser independientes y todo terreno no con proyectos gigantescos ni engordándonos el ego, sino con esas pequeñas cosas cotidianas. La manera de plantar en nuestra cabeza la certeza de que éramos capaces de hacer cualquier cosa, era permitiéndonos lograr pequeñas cosas. Explicaba, mostraba y después, observaba y muuuuy pacientemente, esperaba a que consiguiéramos eso que estábamos haciendo y  cuando por fin lo lográbamos, simplemente terminaba con un “muy bien m´hija”. No había grandes fiestas, ni alharacas, no éramos campeonas, ni mucho menos princesas, pero no se me olvida ese sentimiento de “sí pude” y cada vez que puedo otra cosa siento exactamente lo mismo y sé de dónde viene.

Mi papá nos enseñó mil cosas con intención y se encargó de formar dos personas que no tuvieran que depender de nadie para resolver lo que la vida les fuera mandando.

Gracias Pá, qué bien lo hiciste y cuánto nos ha servido.

Y luego, están todas esas cosas que me enseñó, solo, con su ejemplo…

Que la integridad va por arriba de todo y la honestidad es la única manera de ser. Que las cosas se tienen que hacer bien o las vas a tener que hacer dos veces. Que la única manera de conseguir algo es trabajando duro. Que analizar profundamente antes de tomar una decisión, siempre sale mejor que lanzarte como gorda en tobogán. Que siempre hay manera. Que no todo se puede. Que la familia es lo único que realmente importa y que no hay que estar perdiendo el tiempo en pendejadas. Que viajar es lo único en lo que no se escatima, que siempre hay que estar planeando el siguiente, que sí puedes caminar “un ratito” más y que exigir el mejor cuarto disponible del hotel es un must.

Mi papá me enseñó a abrazar a mi hermana y disculparme.

Saber pedir una disculpa, aún cuando lo que quieres es destripar al oponente, es probablemente, lo más importante que me ha enseñado.

Mi papá ha sido esa persona que siempre me ha hecho sentir bien conmigo, que me señala mis fortalezas y me recuerda cuando tengo que bajarle unas rayas. Que cree siempre en mi y me ayuda a enfocarme. Que me ha apoyado y ayudado a conseguir las cosas que no puedo sola enseñándome el camino, pero dejándome recorrerlo. No regala mucho y al mismo tiempo es generoso, pero el regalo es ese: el apoyo incondicional, su presencia discreta, amorosa y siempre, siempre, respetuosa.

Mi papá me abrió las puertas del mundo enseñándomelo. Me regaló la fuente de Medici en el Jardín del Luxemburgo y la primera estrella que sale cada noche.

La persona que soy, soy en gran medida, por mi papá, el doctor.

El rol de un padre es determinante en la vida de cualquier persona y si bien no podemos elegir el que nos toca, o tristemente muchas veces no pudo, o no supo estar, ustedes, papás de hoy, sí pueden decidir qué tipo de papás ser.

No importan sus circunstancias familiares, solo importa que entiendan lo fundamental que es su presencia en la vida de sus chavos. Apersónense, conéctense, interésense, estén de la manera que puedan estar y estén al 100%. Dejen de pelar con las mamás de sus hijos, dejen de castigar a su ex y llevarse a sus hijos entre las patas, dejen por favor de creer que lo que sus hijos necesitan son cosas, marcas y jet set.

Lo que sus hijos necesitan es saberse realmente vistos, comprendidos y apoyados por ustedes, sentirse contenidos. Ustedes, son el modelo del adulto que serán mañana, sean uno de integridad, de fortaleza, de amor y sobretodo, de congruencia.

¡Feliz día del Padre, Papás!

L´amargeitor

 

*Este post fue previamente publicado en SobrevivientesMx

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