Diapositiva1Es muy común que se me acerquen a “proponerme” temas de los que “tengo que hablar pero yo, para escribir algo, tengo que conectarme con el tema y por eso no puedo escribir todo lo que me sugieren. Y luego, otras veces, recibo mensajes como el de este amigo, que transcribo casi literal (con algunas adecuaciones porque, lo crean o no, hasta yo me censuro a veces) y que dice así:

Escribe del sexo en pareja. En todas mis reuniones de güeyes hablan de que ya no c…. con sus viejas y que casi todos traen otra vieja por ahí. Les preguntas que por qué no c…. con su señora y toooodos contestan que se cansaron de ser siempre ellos los que tienen que empezar la seducción (sí, lo dijo así), que ellas están como muertas y que c….  como haciendo el favor. Nadie habla de temas de figura, peso, negligees… no va por ahí… sino del círculo vicioso que se genera a raíz de eso: ellas felices de que el güey ya no las jode para c…., pero ya no las jode porque está c…. por otro lado, pero luego se quejan de que el güey no las toca y la mayoría de las veces acaban separándose cuando se enteran de las otras viejas. Es una plática recurrente entre mis amigos”.

Cof cof cof…

Levante la mano quien esté libre de pecado…(hombres y mujeres porque aquí, no se discrimina a nadie y esto pasa indistintamente)

Sucede que, teniendo muchos más amigos hombres que mujeres (no ofense señoras pero qué pinche complicación somos a veces), yo también he escuchado esta historia miles de veces y, efectivamente, la infidelidad y la completa desconexión en las parejas es el pan nuestro de cada día.

Nos casamos chavos, hechos unos idiotas, cuando la vida es todavía bastante sencilla y con una fantasía que por los siglos de los siglos la humanidad se ha vendido a sí misma de que “te casas y eres feliz para siempre”.

Así, mágicamente, vas a ser feliz para siempre.

Ternurita.

Y, obvio, pues nos agarra la realidad y nos da en la jeta.

Nos alcanzan los hijos, el cansancio, el stress, la chamba, las colegiaturas, la aburrición, los achaques, la confianza que va apestando y la pinche crisis de la mediana edad que, tristemente, no es un mito. Sobretodo, nos alcanza la inmadurez y la poquísima cultura que tenemos para atendernos y trabajar en nosotros mismos.

Nos gastamos fortunas en cursos de cocina -que no engorde, que no huela, que no tenga gluten y no inflame-. Invertimos horas en clases jetseteras de meditación en trampolín con aromaterapia, yoga con box y smoothies intravenosos, empoderamiento personal                       –whatever that is-, coaching para respirar mientras haces cupcakes y no sé cuántas mamadas… pero lo de ir a terapia y trabajar en nosotros eso ¡ni de chiste! porque “puedo solo, no estoy loco, no tengo tiempo y, además, cuesta una lana”.

Como siempre, la apariencia es la prioridad: fotos de familias perfectas en los suplementos del domingo, fiestas espectaculares, árboles de navidad impresionantes (luego hablamos de eso…), vida social jetsetera, casas, coches, viajes, cuerpos… en fin, mientras todo se vea increíble para el mundo exterior, no importa que a puerta cerrada nuestra vida esté vacía, sea un caos, la mitad de la familia esté deprimida y alguien se ande cogiendo a alguien más (sí, ahora sí lo dije) mientras nadie se entere; aquí, no pasa nada.

Pero sí pasa, porque estamos siendo perfectamente infelices y dándole a los hijos la receta perfecta para que ellos también lo sean, con hábitos y relaciones tóxicas y enseñándoles que se vale todo, menos ser honestos con ellos mismos.

Preferimos hacer, literalmente, lo-que-sea, antes que enfrentarnos a nosotros y ponernos a limpiar nuestro mierdero. Porque ir a terapia duele, incomoda, tarda años y no sirve ¡a menos! de que te pongas seriamente la pila, cambies tus patrones de conducta y empieces a aceptar todo eso que mejor te bebes, te compras, corres, comes, te coges, o simplemente, ignoras. Y sí, además, cuesta una lana.

La infidelidad es una manera de evadir la realidad, de buscar caso, de reafirmarse como persona, de buscar aprobación y sentirse visto. Es también una manera de evadir todos tus vacíos existenciales y un sistema perfecto para, paradójicamente, no intimar con nadie, porque resulta que es más fácil meterse en la cama con una persona distinta cada semana y no volverla a ver (o verla dos horas cada vez y pasarla bomba) que hacer que las cosas funcionen con la misma durante años porque eso implica escuchar, conectar, negociar, ceder, tolerar, moverse de tu zona de confort, aceptar las rutinas, fletarse un chingo de malos ratos y problemas cotidianos y que, en general, sea mucho menos emocionante.

La infidelidad es la trampa en su máxima expresión… ir por la vida “dándote” tus gustos sin que tu pareja lo sepa, es la bajeza máxima. Me parece cobarde, oportunista, inmaduro y enfermo. Una agresión directa a la contraparte que está cumpliendo con su parte del trato mientras el agresor tiene una vida paralela, pero también una “auto trampa” porque en realidad, la infidelidad es la mejor manera de hacerte pendejo y huir de tus heridas infantiles.

Y, por otro lado, aquellos que como dice mi cuate “están como muertos”, efectivamente necesitan moverse un poco de ahí y ponerse a trabajar en ser tantito más proactivos. Pero no es gratis, a la mayoría de los que “les duele la cabeza” tan seguido, lo que les duele es el corazón, el desinterés y el abandono (al que a veces, ellos mismos se han tirado). Uno deja de tener ganas de “cooperar” porque se siente completamente desconectado del otro, pero también de uno.

No es ningún secreto: lo que te hace querer con alguien es sentirte admirado, respetado, entendido, valorado y saber que a la otra persona le gustas y que quiere, realmente, tus huesitos, no que te busca para cubrir una función biológica o cumplir una cuota.

Y ahí es dónde se chinga el tamagochi, porque para seguir sintiendo eso después de 10, 15, 20 años de casados hay que hablar, comunicar, reparar, aceptar, buscar, disculpar, e innovar to-dos-los-pin-ches-dí-as. Hay que seguir queriendo conocer a esa persona que, como nosotros, cambia constantemente, seguir encontrando puntos en común y aceptarla como es.

Hay que trabajar MUCHO y, evidentemente, es mucho más fácil hacerse el dormido, que te duela la cabeza o salir a ligarte a alguien (o hacerlo vía Tinder y que no tengas ni que preguntarle cómo se llama) que sentarte a ver quién es el otro y encontrar caminos.

Porque una buena vida en pareja no se trata solo de sexo, al contrario, una MUY buena vida en pareja es de todo antes y el premio, es el sexo.

La pareja es quien conoce nuestro lado B mejor que nadie y quien nos proyecta todo eso que no nos gusta de nosotros, es dónde aparecen todas nuestras carencias, vacíos, enganches y mecanismos de protección y sobrevivencia y, por eso, antes que trabajar en ella tenemos forzosamente que trabajar en nosotros.

Sí, ir a terapia: ese lugar incómodo en dónde descubres que la culpa no es del otro.

Porque solo cuando entendamos nuestros patrones, nuestros dolores, nuestras toxicidades, podremos estar en el lugar correcto para tener una vida en pareja saludable, leal, madura, en dónde el objetivo sea el crecimiento personal de los involucrados y que eso se refleje en el de la pareja.

Puede ser que después de trabajar en nosotros, nos demos cuenta de que ese ya no es el lugar dónde queremos estar y entonces tengamos la madurez de decirlo, agarrar nuestras chivas y salirnos de ahí con responsabilidad y sin despedazar a todos los involucrados en el camino. También se vale decir ya no juego.

Tal vez tendríamos que evolucionar y tener relaciones abiertas donde se acuerde tener diferentes parejas sexuales… (envidio su nivel de madurez y espero un día ser como ellos) o tal vez tendríamos que  renovar, o cancelar, el deal cada 5 años sin que fuera tanto drama aceptar que ya no funciona…

No lo sé.

La verdad, es que nadie es feliz para siempre, nunca.

Ni los que sí están felices, están felices siempre.

Pero sí sé que los que están satisfechos con su relación y tienen una vida en pareja sana es porque han elegido trabajar en ellos y están dispuestos a entrarle con honestidad y compromiso a todo lo que implica. Porque sí, implica ¡cabrón! sentarte a trabajar en ti y todavía más cabrón, sentarte a escuchar al otro y elegir seguir caminando con esa persona, con todo y su lado B.

L´amargeitor

 

*Este post fue previamente publicado en Cuestione

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