Diapositiva1Cada vez que recomiendo una serie, me recomiendan 10

¿A ustedes?

Qué presión el “tieeeenes que ver X”, ¿a poco no?

Es increíble esta nueva era y manera de consumir historias, la enorme cantidad de opciones y todas las horas que podemos pasar entre tantas plataformas y sus inagotables contenidos.

¿De qué depende que una serie sea buenísima? Quién sabe, pero creo que un poco tiene que ver, igual que en las películas, en que te muevan de alguna manera. Te hagan reír, llorar, pensar, enojar, cualquier cosa, mientras se te mueva la entraña.

Esta de las que les voy a platicar me movió de una manera muy particular las entrañas de mamá.

Si bien la historia es muy buena, y está bien actuada, producida, llevada. Lo que más me impresionó es la profundidad de cada personaje, lo bien delineado que está cada uno y como, todos, en algún momento son unos hijos de la chingada o unas pobres víctimas, dependiendo de cómo los mires. Igual que en la vida: la perspectiva desde la cual juzgamos algo -o a alguien- y cómo las personas siempre reaccionamos y actuamos depende de nuestras circunstancias y, sobretodo, de nuestra emoción.

Todos podemos tener, o no, razón y todos tenemos, siempre, una parte de la verdad.

En esa línea, entonces, nadie es 100% bueno o 100% malo (en temas evidentemente estándar porque l@s hij@s de la chingada -sin perdón de Dios- tristemente, también existen).

Esta es la historia de dos mamás -aunque se irán sumando algunas más-. Una, aparentemente “perfecta”. Otra, a primera vista sospechosa, con circunstancias dudosas y con todo en contra.

No les voy a echar a perder la serie contándoles los detalles, esos los verán ustedes.

Lo que a mí me dejó dándole tantas vueltas es cómo, las mamás -y papás-  pensamos siempre que nuestro sistema es mejor que el del otro y cómo, por más buenas intenciones que tengamos, el amor con el que eduquemos o el  sistema que tengamos, siempre ¡siempre!, tendrá puntos ciegos. Siempre habrán cosas que hacemos mal y siempre, obviamente, habrán cosas que nuestros hijos odien de nosotros y por las que los dejemos semi traumados y tengan que gastar parte de sus ingresos futuros en alguna terapia para superarnos y hacer la paz con los que les tocó.

Ni modo.

Lo que sí no se nos puede escapar es que bajo nuestra bandera de “soy tu mamá o papá” dejemos de ver a nuestros hijos y de permitirles ser quiénes son; que prefiramos quebrarlos con tal de que entren en nuestro molde, o romper con ellos antes que aceptar que son una persona distinta a la que quisiéramos que fueran.

Que entendamos que nuestro sistema puede funcionar bien para un hijo y pésimo para otro y, entonces, hay que tener la sabiduría y humildad de encontrar otro sistema.

Que los hijos, a veces, no van a encontrar en nosotros todo lo que necesitan y está bien que lo busquen en alguien más.

Que el privilegio que es dar vida no nos da derecho, de ninguna manera, de controlar a los hijos… que no somos sus dueños.

Nuestra labor es, únicamente: amarlos, guiarlos y maravillarnos de todo lo que son, lo bueno, lo malo, lo peor y lo gozoso.

Sí.

Los hijos vienen especialmente diseñados para rompernos los esquemas y son, sin lugar a dudas, los maestros que la vida nos manda para trabajar todas esas cosas en las que cojeamos, lo que más nos cuesta, lo que más nos choca, lo que más nos reta.

Ser papás es el exámen profesional de la vida.

Si lo hacemos bien, no tengo que explicarles la maravilla que es y, si lo hacemos mal, nos costará la relación con ellos e, incluso, la ruptura permanente del vínculo y, entonces, la pérdida más dolorosa y permanente de nuestra existencia.

Hacerlo bien implica, antes que nada, entender que son un ser humano. ¡Una persona! Independiente. Libre. Distinta a nosotros y con sus propias ideas, necesidades, opiniones y agenda. Desde que son pequeños.

Sí.

Sí está cabrón soltar.

Por eso hay que soltar lo antes posible, desde dejarlos decidir qué ponerse en cuanto quieren hacerlo, servirse cuánto quieren comer, dejarlos equivocarse, experimentar, enseñarles a tomar decisiones y respetar lo que decidan -aunque sepamos que no va a salir bien- y aprender a maravillarnos de la persona en la que se van convirtiendo desde muy pequeños permitiéndoles descubrir, solos, sin tener que entrar en moldes, en patrones… en nuestras expectativas.

Que nos valga madres que digan que nuestro hijo está siempre chamagoso, sea “tan distinto” o no esté relamida y perfecta con moños de tres metros, o que no sea abogado o doctor, o tenga un novio de la altísima sociedad. Soltar.

Y soltar es directamente proporcional a dejar nuestras expectativas pero, también, a dejarnos de realizar y definir a través de los hijos. Pensamos que lo que nuestros hijos son, nosotros somos. Y eso, es lo más cabrón de todo. Porque la vida va más allá de los hijos. Porque ¿qué creen? Que nosotros también somos personas, no solo las mamás y papás de otras personas.

¿A qué hora se nos olvidó eso?

En realidad lo que todos queremos, creo, es tenerlos cerca. Siempre. Que salgan al mundo pero que siempre regresen, nos traigan nietos, o historias, o aventuras y logros y proyectos. Que nos traigan, también, sus tristezas, sus angustias, sus corazones rotos y sigan siempre necesitando nuestros abrazos para curar, casi, cualquier cosa.

Eso es lo que tenemos que pensar cuando nos cueste trabajo soltar: que cada mala decisión o,  cada vez que queramos romperles su esencia, los estamos alejando de nosotros y, entonces, paremos y recalculemos la ruta y entendamos que nuestra única misión es ser -como dice el señor Gibran- el arco que los impulsa pero que, ellos, son la flecha…

Tus hijos no son tus hijos,

son hijos e hijas de la vida,

deseosa de sí misma.

No vienen de ti,

sino a través de ti,

y aunque estén contigo,

no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,

pero no tus pensamientos,

pues ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,

pero no sus almas,

porque ellos

viven en la casa del mañana,

que no puedes visitar,

ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,

pero no procures hacerles semejantes a ti,

porque la vida no retrocede ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos,

como flechas vivas,

son lanzados.

Deja que la inclinación,

en tu mano de arquero,

sea para la felicidad.

Khalil Gibran-

Nada es más importante que nuestra relación con nuestros hijos.

Lejos de pretender hacerlos a nuestra medida, permitámosles descubrir quiénes son y que abran sus alas. Seamos solo un espectador -y su principal porrista – y les aseguro que formaremos personas mucho más completas y mucho mejores habitantes de la Tierra para construir un mundo mejor.

El único truco es soltar. Soltar el control. Soltar nuestras expectativas, nuestros miedos, nuestras angustias y todos los qué dirán del Universo. Manden esos a la chingada y abracen a sus hijos en toda la extensión de la palabra. Démosles la bienvenida y optemos por aprender de ellos, en lugar de pretender que cumplan con las expectativas y las ideas caducas que nos pusieron en nuestras cabecitas.

Nada me parecería más triste que tener hijos que por darme gusto, dejaran de ser quiénes son y se pasaran la vida fingiendo, siendo completamente infelices, eligiendo una carrera, una pareja, o una manera de ser, solo para complacerme.

Y peor aún, perderlos.

Sus gustos, sus sistemas, sus ideas, sus maneras de resolver, de vestir, de pensar, su profesión y sí, también -¡y sobretodo!- su preferencia sexual, solo les compete a ellos.

Nos pese, nos guste, nos asuste, nos preocupe, nos escandalice -o no- ya no entra dentro de nuestro rol. No nos corresponde intervenir, solo aceptar, apoyar, orientar y, por supuesto, escuchar.

Porque incluso con las mejores intenciones, podemos echarles a perder la vida.

Somos el arco, la oreja y los brazos… nada más.

Solo tienes una oportunidad con cada hijo.

No la desperdicies.

PD ¡ah! la serie se llama Little Fires Everywhere y no se la pueden perder. Se ve en Amazon Prime.

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