Hace unos días estaba yo entre mis pubertos clandestinamente -o sea ahí, pero calladita, porque así es cuando uno se entera de las cosas-, escuchando su güiri güiri. El tema eran otros pubertos de la escuela que, a raíz de la pandemia y de no tener nada mejor que hacer, ahora son estrellas consagradas del TikTok

Puberto 1: 

¿¡Ya viste cuantos seguidores tieneeee?!

Puberto 2:

¡Sí o seaaaa!

Puberto 3:

¡Y no manches tiene 5 milloooones de likes!

Puberto 4:

Y en solo 10 meses mamáaaaa ¿no te ardeeee? ¿Que tú tengas tantos menos y lleves más tiempoooo?

Yo:

¿Y qué hacen o qué?

Todos unánimemente:

¡Nada! ¡Puras cosas X!

No sé si toda su conversación era con un poco de ardor por no ser ellos los poseedores de tanto like y tanto fologüer, o qué tanto ya son mejores que yo en eso del sarcasmo y estaban abiertamente burlándose de los tiktokers en cuestión. Lo que sí sé, es que el tema se me quedó pegado en la cabeza.

En primer lugar, quiero aclarar que me importa tres kilómetros de madres que ellos, o quién sea, tengan más, menos, o igual de fologüers que yo -¡vaya, me vale tres kilómetros de madres cuántos tengo yo!-  siendo que todo lo que pasa en mi cuenta han sido, simplemente, una serie de eventos afortunados que jamás tuvieron la intención de nada ni mucho menos de “ser famosa”… -guatever that means- y que, al contrario, muchas veces me incomoda. 

No niego que es increíble hacer eco, tener algún nivel de impacto y, sí, que se vuelva una oportunidad de trabajo remunerado de distintas maneras siendo “ser mi propio jefe”  la principal cualidad de todas. 

En segundo lugar, aclaro que soy la principal porrista y difusora de cuentas que promueven, concientizan, aportan, suman o que, simplemente, hacen reír.

Y, en tercero, por supuesto entiendo que en el mundo moderrrrno -y más ahora en modus pandemia- las redes sociales son el principal canal de comunicación, información, compra, venta, escolarización, socialización, juego y toooodos los etcéteras que caben aquí.

Absolutamente.

No hay manera ya de escaparse de la tecnología y ahora, más que nunca, la amamos.

Sí. Pero una cosa es que sea una herramienta fantástica y otra muy distinta que todos los escuincles piensen que el objetivo de la vida y la definición del éxito es “ser famoso” en cualquier red social, tener chingos de followers y obvio millones de likes. ¡Ah, sí! Y que las marcas o youtube “les paguen” por su enorme aportación al mundo que es… tristemente… nada.

Qué amargosa, dirán los románticos…

¡Qué pinche preocupación! -dice L´amargeitor-.

Porque… se han puesto a pensar ¿qué chingados nos espera en el futuro a nosotros, los que vamos a ser viejitos cuando esta generación de “creadores de contenido” -pendejo- sean los que estén “a cargo” del mundo?

Si los chavos de hoy ya no quieren ser políticos, senadores, periodistas, carpinteros, legisladores, plomeros, abogados, contadores, electricistas, actuarios, arquitectos, ingenieros ¡enfermeros! (¡dios mío, ahora más que nunca venero el trabajo de los enfermeros como ningún otro!) profesores, matemáticos, maestros de obra, veterinarios, dentistas, terapeutas, psiquiatras (¡no manchen cuáaantos vamos a necesitar uno eventualmente!), dermatólogos, oftalmólogos, cirujanos, internistas, ginecólogos, químicos, biólogos, científicos, físicos, filósofos, escritores… especialistas de algo ¡de cualquier cosa!

Los chavos quieren ser famosos.

Por hacer nada.

Enfrente de una pantalla.

Porque qué padre.

Porque más fácil 

No sé ustedes, pero yo me quiero morir de la preocupación.

Y a ver, no tengo nada en contra de expresarse y hacer “nada” de vez en cuando en la pantallita y tener pinche mil seguidores -confieso que al ver algunos de los tiktoks de los chavos en cuestión, hasta me parecieron simpáticos-. Más en esta época en donde los que peor la están pasando son ellos, nuestros pubertos, que lejos de poder estar afuera atragantándose la vida están -se supoooone- encerrados. 

Entiendo perfectamente que la pantallita es una de las actividades esenciales del momento y una fuente de felicidad y risas que todos necesitamos y agradecemos a ratos.

Sí. 

Peeeero de ahí a que el proyecto de vida sea ese y ya, me parece una cosa gravísima que necesitamos empezar a atender.

¿Cómo?

Pues en primer lugar revisando qué tanto a nosotros, los papis y mamis, nos da emoción y es motivo de orgullo que nuestros hijos sean “famosos”. Qué tanto somos nosotros los que los ponemos ahí -abriéndoles una cuenta de insta en el minuto que nos enteramos que estamos embarazados, por ejemplo-.

Los posteamos cada uno de sus movimientos -y de los nuestros- Les enseñamos que postear es existir y vivimos nosotros mismos al pendiente de los likes, sin hacer nadita más que promovernos continuamente en las redes pensando que al mundo le UUURGE ver todos nuestros outfits , saber todas las monadas que hacemos para cada eventito en nuestras vidas, lo bien que cocinamos, adornamos, recibimos, viajamos y convivimos.

¿Qué tanto nuestros hijos han aprendido -gracias  a nosotros- que la validación viene de afuera o, en este caso, del mundo de los likes?

¿Y qué tanto aportamos nosotros al mundo?

¿Qué tanto empujamos?

¿Qué tanto les alimentamos el seso y les sembramos ganas de ser algo más que un youtuber popular? -sin ofender a los youtubers populares-.

¿Qué tanto les ponemos los pies en el piso y les explicamos que no todos pueden ser Juan Pa Zurita y tener un chingo de ropa de marca gratis y que toda su familia se haga famosa de pasada?

¿Qué tanto quisiéramos ser los papás de Juan Pa Zurita?

Y a ver… naaada en contra de Juan Pa, ni de sus papás. Me cae perfecto, me parece un cuero y sí, efectivamente hace mucha pendejada  -siendo mi favorita cuando se tira de paracaídas con alguien y me hace llorar de risa- pero también aporta cosas valiosas, también ha encontrado causas y construido casas y usado su voz para ayudar a otros y eso está chingón  y ¡justamente! lo que tenemos que hacerles entender es que para hacer eso y ser un youtuber chingón y exitoso, se necesita también un talento, o varios porque hay que ser muy listo, muy cagado, muy creativo, muy carismático y muy entendido de que estar ahí ¡tiene que servir para algo más que para tener ropa gratis y ser famoso!

Necesitamos ayudar a nuestros hijos a encontrar sus talentos. Sus pasiones. Sus cosas que los hacen sentir vivos y motivarlos a aportar, formarlos para contribuir y meterles en la cabeza  que el futuro del mundo está en sus manos ¡y son ellos! los que van a tener que hacer que las cosas sean, o no, mejores. 

Eso, queridos papis y mamis, incluye efectivamente echarles porras y recordarles creer en ellos mismos, pero también ponerles los pies en la Tierra de vez en cuando, aplacarles el ego cuando hace falta  y nunca dejar de insistir que nada que valga la pena es fácil, ni gratis, ni rápido porque de lo contrario, si solo les decimos que son campeones y princesas y pueden toooodo, lo único que lograremos es engordarles el ego y tener como resultado adultos berrinchudos, incapaces de lidiar con la frustración, y ser unos perfectos buenos para nada y francamente, de esos, ya tenemos demasiados.

¿Se vale querer ser un muestrario de cosas que comprar y anunciar una marca tras otra por dinero sin ningún tipo de criterio o congruencia más que eso: el dinero y el ego? ¿Se vale grabarte a ti mismo tooodo el día diciendo intensidades y todo lo que pasa por tu cabeza cada minuto? Sí. Sí se vale ¡claro!  siempre y cuando no te autodenomines “influencer” -que aberración de término, lo detesto-.

Si quieres ser un catálogo viviente ¡adelante! mientras no te auto engañes pensando que le cambias la vida a nadie, ni que eres indispensable ¡Ni mucho menos influencer! Eres una tienda con internet. Punto. Sé la mejor tienda y contribuye a la sociedad mostrando marcas. Pero no eres un deal breaker solo por vender cosas. 

Ni eres ningún chingón, ni una persona exitosa porque un millón de desconocidos te sigan. Te aplaudan. O te pongan un corazoncito. Se vale hacer cual-quier cosa, mientras sepas que tener una voz,  implica tener una responsabilidad y no puede ir uno por el mundo eruptando pendejadas sin entender las consecuencias que eso puede tener.

Nos URGE cambiarle el chip a los hijos -y a nosotros mismos- entendiendo que los verdaderos “influencers” son aquellas personas que a través de su trabajo, su voz y su enfoque, hacen que el mundo sea un lugar mejor en cualquier escala y que tienen un impacto directo y positivo en su comunidad. Los que tienen un talento para algo, y lo utilizan productivamente. 

Como la maestra que logra que 25 niños se duerman la siesta o se laven los dientes al mismo tiempo. El que organiza una colecta para ayudar al que se quedó sin chamba. El enfermero que dedica sus días, y sus noches a que alguien más viva mejor…o  viva, así sin más. El que concientiza a su comunidad para lograr grandes o pequeños cambios. El que es un ejemplo de cualquier cosa que haga bien al mundo e inspira a otros a hacer lo mismo. 

¡Esos, esos son los influencers que queremos! Los que tenemos que voltear a ver y aplaudir. Hay muchos. Acerquen a sus hijos a conocerlos. A ser ellos uno. Inspírenlos.  Inspírense ustedes. Inspírenlos a hacer algo por los demás. A elegir su trinchera para cambiar el mundo. Los verdaderos deal breakers de la vida son esos que no necesitan que nadie les aplauda por hacer su trabajo y hacerlo bien

Los que encuentran su vocación y trabajan duro para ejercerla con responsabilidad. Y con orgullo.

Porque yo no sé ustedes, pero si un día me caigo infartada en cualquier lado, sí me gustaría saber que hay un doctor competente a la redonda y no que están todos hechos unos pendejos en su pantallita tomándose selfies y contando sus likes en lo que yo me muero.

¿Ustedes?

L´amargeitor

https://cuestione.com/opinion/todos-quieren-ser-juanpa-zurita-lamargeitor/

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