Todas.

Todas.

To-das.

Todaaaaas las mujeres del planeta hemos sido, en algún momento de nuestra vida, el blanco de algún tipo de violencia, agresión, o discriminación.

A mi, por ejemplo, un jefe me pidió que me pusiera una falda para ir a ver un cliente. Un novio me pegó de gritos me jaloneó. Otro me cortó porque yo era “demasiado liberal”. Otro solo me quería para cooperar. Y no una, ¡varias veces! me han pintado el cuerno -cosa que, por si nunca les ha pasado, les puedo decir que se siente igual de horrendo que si te pegan una patada en los huevos, aunque no tengas.

Unos tuvieron pésimos “modos” y otros insistían en “protegerme”,“enseñarme”, “explicarme” porque yo era mujer y pues pobrecita de mí…🙄  y obvio, nadie se salva de los güeyes que por más que digas no, no dejan de joder -y no estoy hablando de violación, que es eso pero llevado al extremo- joden, “bromean”, acosan, incomodan y faltan al respeto sin cesar sin entender lo intrusivo y absolutamente delesnables que pueden llegar a ser.

Pero la violencia y la discriminación en mi vida, también ha venido de mujeres.

Como esas “amigas/hermanas” que en el momento más importante de mi vida como mujer -el nacimiento de mi primera hija- lejos de apoyarme y entender mi proceso, se coludieron para encontrar todas las razones por las que estaba mal que yo prefiriera quedarme en mi casa a amamantar a mi hija, que asistir a todos sus planes sociales -qué pinche rara soy la verdad- y me exterminaron -literal- del prestigiado grupo -grupo que yo había conformado por cierto- decidiendo unánimemente que si mi maternidad no era era como la de ellas, yo no podía ser parte de esa tan solidaria sororidad.

Confieso que me costó muchos años sanar esa herida porque la traición, en cualquiera de sus formas, siempre es una patada en los huevos…

O lo de ser absolutamente ignorada por otras por no cumplir con su estándar de “coolness y jetseterismo”, saludar educadamente recibiendo una barrida de arriba abajo como única respuesta y haciéndote sentir mierda solo por existirVarias de estas mujeres, por cierto, ahora son suuuper amables cuando me las topo, o cuando me escriben para platicarme de sus negocios y sus productos… Chance algo han aprendido. O chance lo de tener fologüers… 🙄

Incluso en mi familia, tuve varias veces que escuchar que ser yo estaba mal y de una manera no mal intencionada, pero real, crecí escuchando que qué difícil. Que si mi carácter. Que si mi actitud. Que si esto, que si el otro.

Y ni qué decir de ir siempre volteando hacia atrás, siempre a las vivas en las esquinas, los semáforos, los estacionamientos, las fiestas, la oscuridad, siempre “avisame cuando llegues” , siempre cuidándonos la espalda de todo lo que puede pasar, porque sí pasa.

Ser mujer implica siempre, siempre ¡siempre! estarse cuidando.

Sí.

Y apesta.

Tener que estar siempre alerta del entorno y de los demás es agotador, y eso que a mi nunca me ha pasado nada realmente grave.

Pero ¿quieren escuchar algo cabrón? ….

La peor agresión, la peor violencia, la peor discriminación que  he recibido durante toda mi vida, es la mía. La de mí. Hacia mí.

He vivido en guerra con mi cuerpo desde que puedo acordarme. Odiándolo. Sufriéndolo. Sometiéndolo a torturas terroríficas y enojándome con él por no ser perfecto.

Me he pendejeado por horas -y por años- por lo que hice, lo que no hice, lo que no dije, lo que no vi. Lo que permití. Lo que me tragué. O lo que dije y cómo lastimé.

Me he maltratado ninguneándome ferozmente.

Me veo feo, me agredo, me rechazo, me meto el pie y me repito continuamente que no soy suficiente.

Tengo el síndrome del impostor a la octava potencia cargado en mi CPU.

Me pasé años convenciéndome que cuando las cosas no salían bien siempre era mi culpa. Que tenía que ser yo la que hiciera que los otros me quisieran. Que tenía que ajustarme al molde de las expectativas de los otros y ponerme de tapete para que me aceptaran.

Que soy yo la que está en falta. Siempre.

Y lo más cabrón de todo es que ESTOY-ABSOLUTAMENTE-SEGURA de que la ENORME  mayoría de las mujeres, hacemos exactamente lo mismo.

Porque ser mujer implica, además de tener que siempre ver por arriba del hombro, ser una hija de la chingada con una misma. Y con otras mujeres.

Y entonces me pregunto, ahora que el feminismo es el tema central de la humanidad… ¿cómo chingados le vamos a hacer para lograr la inclusión, el respeto y el cese de cualquier tipo de violencia a la mujer, si el primer enemigo somos nosotras mismas?

Es como remar contra la corriente: pretender ser feministas y al mismo tiempo odiarnos a nosotras mismas y pelear diario con el espejo porque estamos demasiado gordasdemasiado flacas, demasiado esto, demasiado el otro, mientras viboreamos sin clemencia a las demás y nos comparamos permanentemente.

Cómo pretender fortalecernos cuando no estamos conformes con nada y estamos tan lejos de amar lo que somos, o por lo menos aceptar sin peros lo que nos tocó en la rifa.

Cómo carajos luchar por las mujeres cuando ser mujer es una pinche lucha diaria con una misma. Con nuestras lonjas, nuestras arrugasnuestras canas, nuestra manera de hablar, de ser, de reaccionar.

Nos pasamos la vida regañándonos y pues así, simplemente, no se puede.

Necesitamos apelar al famoso “refuerzo positivo” tan utilizado en la psicología infantil y perruna y enfocarnos en lo que sí hay, y lo que sí está bien.

Así que apúntenme por favor para militar por todas las causas que busca el feminismo. Estoy totalmente dentro y a favor de la lucha.

Pero apúntenme primero en el ejercicio diario de hacer la paz conmigo. Con lo que soy. Con lo que no soy y con lo que nunca seré.

Le guste a quién le guste. Le pese a quién le pese. Que sepamos de una vez con quién contamos y empecemos contando con nosotras mismas para aceptarnos exactamente como somos.

Dejemos ya por la pinche paz el tema de vernos como la revista -ni la de la revista se ve así y probablemente a ella tampoco le gustó cómo salió- y empecemos a enfocarnos en las cosas que sí importan, como por ejemplo, dejar de pretender y suspender definitivamente lo de aparentar.

¡Basta!

Hagamos carteles que nos recuerden nunca achicarnos para caber

Que el valor de una mujer no se mide en kilos. Ni en su dinero. Ni en nada más que en el hecho de ser quien es.

Y que nos abramos espacios para ser, solas… y con todas las demás.

Eso, como el palitos uno del feminismo por favor.

L´amargeitor

https://cuestione.com/opinion/feminismo-violencia-genero-marcha-8m-lamargeitor/

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