Mi papá se murió un jueves en la noche.

Se fue como vivió. Elegante, discreto y rodeado de lo que más le importó siempre en la vida: nosotros, sus hijos, sus nietos y mi mamá, que siempre fue su todo.

Así, de un momento a otro, pasé a formar parte de aquellos que han perdido a alguien tan querido, tan cercano y tan fundamental en la vida. Sin saber que existía, pasé de pronto a ser miembro de un gremio en el que se te recibe con un entendimiento distinto de la vida.

Me he dedicado a pedir esta disculpa en persona cada que veo o hablo con alguien que pasó por esto antes que yo: perdónenme por no haber entendido absolutamente nada.

He aprendido tantas cosas estas tres semanas y he llorado como no sabía que se podía llorar. En los momentos duros de la vida es cuando uno sabe quién está, quién no está y quién es quién, pero sobre todo, es cuando uno se da cuenta de qué está hecho y cómo se siente, también, estar deshecho.

He aprendido que una parte fundamental para llevar la pérdida es poderte agarrar de tu gente. Saber que alguien va a sostener el fuerte en lo que tu te desbaratas y que tu entorno es un espacio seguro para descomponerte por completo durante un rato… que nadie puede realmente hacer nada por ti, pero saber que no estás sola y que hay personas revoloteando tu órbita ayuda enormemente.

Hay  gente que te dice cosas horrendas -o estúpidas- que en lugar de aliviar, duelen  por ejemplo: “vas a sufrir horrriiiible nunca te vas a recuperar de esta pérdida”… güey, ¿neta?

O sea, chance es cierto pero, ¡no necesito saber eso ahorita que no me acuerdo ni cómo chingados se respira, carajo! 

Gente que te manda fotos que no conocías. Gente que te escribe cosas preciosas. Gente que no te habla. Ni te escribe. Ni se apersona. Gente que te sorprende y otra que nunca dejará de hacerlo y gente que te dice cosas tan profundas que te llegan al corazón y te curan. Gente que te manda amor en todas sus formas, gente que pensabas que iba a estar siempre, y desaparece. O gente que se aparece después de años (¡tanta, tanta, taaaanta gente!) que, acertada o no, tienen todas la mejor intención que es acompañar y eso lo agradezco profundamente.

No le hace”, decía mi papá como mecanismo principal para no engancharse con la humanidad y sus sorpresas y que trataré de usar de mantra todos los días. No le hace.

Mi papá era el rey universal de la diplomacia y la sabiduría en cuestión de relaciones públicas y personales. Siempre fijándose en lo bueno, en lo que sí había y en lo que no valía la pena dedicarle un minuto de tu vida. Jamás -y lo digo con toda honestidad- lo escuché hablar mal de nadie. Nunca. No dudo que pensara cosas horribles de algunos, pero no desperdiciaba el tiempo repitiéndoselo a nadie. 

Las únicas madres que mentaba eran si alguna vez el coche no prendía o le tocaba un camión en la subida de una carretera y, entonces sí, las blasfemias salían a borbotones, pero como eran en italiano hasta bonito se oían. Siempre ecuánime. Siempre observador. Siempre con la mira en resolver y avanzar.

La persona más conciliadora y facilitadora que he conocido.

Sin saberlo, mi papá nos dejó las casas llenas de flores.

Su partida nos ha sorprendido a todos con cascadas de amor en formas de anécdotas y de mensajes de tantísimas personas y en cascadas de llanto que no avisan y solo llegan… y ahogan.

Y es que, aunque sabía que este día iba a llegar, uno nunca está listo para que se muera su papá. Los papás son el piso y el techo de nuestras estructuras internas que, además de guiar, contienen y alumbran el camino. Perderlos implica aprender a guiarse solos y ser nuestros propios padres, oficialmente.

Me cuesta imaginar cómo va ser el mundo sin él y cómo se hace eso de sostenerse solo… no entiendo la ausencia y no tengo nada de ganas de enfrentarme a ella.

Tal vez por eso el duelo, antes de poderse razonar, tiene que pasar por el cuerpo.

Vaya que ha pasado. Hemos tenido de todo, desde un cansancio imposible de describir y un letargo y pérdida de memoria generalizada, hasta somatizaciones en todas las formas posibles que van desde diarreas hasta aftas en la boca o migrañas… y taquicardias, muchas taquicardias. Y ni hablar de los cambios de humor violentos donde podemos estallar por cualquier pendejada o todas las veces que he tenido que estacionarme y soltarme a llorar a mares.

Hay días mejores que otros, unos de la chingada. Y el recordatorio permanente de que el duelo, como la vida, no es lineal y se mueve continuamente.

Otra de las grandes cosas que he aprendido en este proceso -y que nunca vi venir- es cuánto duele el dolor de los hijos y cuánto nuestro dolor les sorprende a ellos, y los crece.

Despedirse de su abuelo fue, sin lugar a dudas, el evento más triste que han pasado en sus vidas. Un abuelo siempre ocupado, viajero y chambeador, pero que a pesar de todo se preocupó y logró establecer una relación y un vínculo especial con cada uno de sus cuatro nietos. 

Para la de 17 traficaba en su estuche de baño salchichones franceses y siempre tenía comentarios futbolísticos que hacer y acompañó varias veces a ver jugar al de 14. Tan orgulloso de cada uno. Tan amoroso con todos. Siempre al tanto de sus logros, de su salud, dando seguimiento a sus hobbies y tomando fotos a escondidas que, ahora me entero, iba enseñando por la vida. 

Los deja llenos de anécdotas, de datos, de “vaciladas” y sobre todo les deja un ejemplo de vida tan lleno de perseverancia, de buena vibra, de trabajo y de la relevancia que tiene en la vida la familia. 

Sepan, queridos chamacos, que ustedes fueron una de sus fuentes más grandes de alegría y que nosotros podemos seguirlo viendo a él en cada uno de ustedes cuatro.

Mis hijos han sido un bálsamo estos días. He permitido que me vean romperme y me abracen y estén y ejerzan eso que se llama empatía. Me parece que al permitirme sentir y dejar salir mi dolor les enseño la importancia de aprender a sentir y no vivir anestesiados o evitando eso que sentimos.

Permitir.

Permitirse sentir.

Permitir que salga.

Permitir que sea.

Dar permiso de que las cosas sucedan cuando tienen que suceder y recordar que nada en esta vida dura para siempre.

Hace unos meses, se me cayó la vida un ratito y mi papá estuvo ahí para sostenerme, como siempre. “Siéntate en mis piernas” me dijo, y me abrazó como cuando era chiquita mientras yo lloraba sin poder parar a mis casi 50 años.

Te quiero tanto”, me dijo. “Acuérdate que tú siempre vas a estar bien y que yo siempre voy a estar contigo”. Él no sabía (ni yo tampoco) que al decirme eso para ese día, me lo decía para acompañarme de por vida y que cuando me azote la tristeza, la preocupación o los momentos de la vida que apesten, me lo repetiré para siempre en mi cabeza como un mantra.

Imagino que las oleadas de llanto pasarán y se harán menos frecuentes, pero no creo poder acostumbrarme, nunca, a un mundo sin mi papá.

Alguien me dijo que en lugar de extrañarlo, lo entrañe, pero no quiero. Prefiero seguirlo extrañando siempre hasta las entrañas y tenerlo presente, buscándolo permanentemente en las pequeñas cosas y encontrarlo y celebrarlo en las ambivalencias de la vida y en lo agridulce de la muerte que tanto nos hace llorar. Y en mi familia también, de pronto, reír a carcajadas.

Honrarlo cuidando de mí y de los míos, que eran los suyos.

Quiero hacer una mención especial a mi mamá, que le regaló completo el último año de su vida, poniendo la suya en pausa. Qué gran pareja fueron. Qué afortunados los dos de encontrarse y compartir 51 años de trabajo, de familia, de aventuras, de viajes, de amor, de compañía. Qué ejemplo nos dejan y qué fabulosa familia construyeron.

Gracias por cuidarlo tanto Má. Estuvo muy cabrón. Y tú, como siempre, muy cabrona.

Ahora nos toca a nosotros cuidarte aunque, te aviso, voy a necesitar que me permitas encontrar a mi papá en tus brazos cuando se me tropiece la vida, porque ahora eres su representante, además de mi mamá, ni modo.

Te quiero y te admiro tanto, Má. Gracias por haber hecho todo lo que hiciste por él. Sé que vienen muchos momentos felices para gozar y pasear y brindar en su honor y sé también la falta que siempre nos va a hacer.

Y a mi hermana. Tan serena. Tan sabia. Tan rota. La única persona en el mundo entero que puede entender y sentir exactamente lo que yo estoy sintiendo y que sabe lo indescriptiblemente afortunadas que fuimos de ser sus hijas. El mejor regalo que me dio mi papá fue a ella con la instrucción perpetua de “cuidas a tu hermana”, siendo que la mayoría de las veces es ella la que me cuida a mi.

Este año contigo, hermana, fue nuestro mejor año y es justo ahí en donde la vida nos comprueba que todas las tragedias traen siempre bendiciones escondidas. Tú eres la mía.

Mi papá dejó tanto en tantos.

Fue una persona absolutamente extraordinaria.

En todos los aspectos de su vida fue realmente fuera de lo normal.

Como esposo, como papá, como abuelo, como suegro, como hermano, tío, cuñado, yerno, amigo. Por supuesto como médico y como jefe y colega a través de su compromiso eterno con la salud, el servicio, su país, con la calidad total en todo lo que emprendió en su vida y con la continua formación de otros médicos.

La mañana siguiente a que se fue, el enfermero que no estaba en turno vino a despedirse de nosotros y nos anunció que después de estos meses con él y muchas conversaciones juntos en donde mi papá lo empujaba a seguir estudiando había tomado la decisión de inscribirse en la carrera de medicina y dedicarse a la imagenología y mi papá dejó así, un último discípulo.

Siempre curioso, estudioso, perseverante, atento. Apasionado de la radiología, de la ciencia, de seguir siempre aprendiendo y de contribuir a su entorno. Tan discreto y tan chistoso. Tan aventurero y tan sensato. Tan emprendedor y tan chingón. Tan de pocas palabras y tan sabio. Tan amante de los viajes y los vinos. Tan, taaaan paciente. Su sonrisita picarona que le hacía los ojos chiquitos y su mente brillante que abría la de otros.

No tengo una sola queja de él. Nada. Absolutamente nada que reprocharle. No dejó un solo asunto pendiente. Nos regaló incluso este último año para permitirnos dejarlo ir más fácil y vaya que para él fue el peor de todos. Las ganas que le echó. El aplomo con el que se enfrentó a lo que la vida le mandó y la ecuanimidad con la que asumió su dependencia a todos nosotros cuando él fue siempre el soporte principal de nuestra vida. 

Mi papá, el doctor, siempre al cuidado de quién lo necesitara, tuvo que aprender también a soltar, como aprendimos todos. Tengo tanto amor y tanta admiración por él y tanto, tantísimo agradecimiento por su vida, por su amor incondicional y absoluto y sí, también por su partida, aunque yo sienta que me parto en dos.

De todas sus frases y dicharachos hay una que me queda como lección de vida y que nos dijo al Sponsor y a mi una tarde en la que fuimos a buscar su sabiduría: “En la vida van a haber muchos momentos difíciles y a la hora de enfrentarlos lo que hay que pensar -para saber qué hacer- es que, sea cual sea la situación, solo hay dos opciones: construir o destruir. Elijan siempre construir.”

Tan sencillo. Tan claro. Tan contundente. Tan mi papá.

Me enfocaré en construir en mi vida. Siempre.

Gracias con todo el corazón a todos los que han estado conmigo y mi familia para acompañarnos y celebrar la vida de mi papá de tantas formas distintas.

Y gracias especiales al Sponsor que cuando se me doblan las rodillas y el dolor no me deja respirar me detiene, se sienta en el piso a abrazarme y me sigue abrazando por horas mientras lloro y que a veces también llora conmigo porque mi papá fue también su papá y lo quiso siempre como a otro hijo. Me faltan muchas horas de llorar y me alivia enormemente saber que cuento contigo.

Usté no alegue”, me decía mi papá para recordarme que no la armara de pedo por pendejadas, pero por otro lado, me enseñó a decir bien fuerte y claras mis opiniones y ese, sin duda, es uno de sus principales legados.

Hablar por mí. Creer en mí. Escucharme a mí.

Y tener la sabiduría de entender cuando hay que hablar fuerte y cuando es mejor callarse la boca… eso no me pasa muy seguido pero, aunque ustedes no lo crean, siempre tengo en mi cabeza esa vocecita interior diciéndome quedito: usté no alegue”. Y siempre que la pienso, sonrío tantito.

Al parecer, lo único que cambió es que mi papá se mudó a vivir dentro de mi… pero te voy a extrañar afuera Pá… ¡tanto!

Se llamaba Miguel Emilio Clotide Stoopen Rometti. Fue una gran persona y un gran médico. Pero antes que cualquier otra cosa, fue un GRAN papá.

 “Il y a quelque chose plus fort que la mort, c´est la présence des absents dans la mémoire des vivants”.

“Hay algo más fuerte que la muerte, la presencia de los ausentes en la memoria de los vivos”.

Jean d´Ormesson

https://cuestione.com/opinion/nueva-direccion-papa-duelo-familia-amor-lamargeitor/

5 Comments »

  1. Sin palabras! me llenaste el corazón, sólo los que perdemos a nuestro papá, nuestra piedra! entendemos el dolor tan grande pero a la vez lo reconfortante que es tenerlos dentro de nosotros… te abrazo!

    Like

Leave a Reply to Lna Sotelo Cancel reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s