Yo sé que llevo muchas páginas y varios años diciendo que hay que conectar con los hijos, ser los adultos responsables, no quitar el dedo del renglón y seguir dando batalla…

Pero… ¿les digo una cosa?

Se pone muy cabrón.

Y es que ser mamá, o ser papá, es absolutamente agotador desde el día uno, pero entre más crecen mis hijos más me doy cuenta de que la parte más fácil y deliciosa es cuando son bebés (y por bebés, me refiero hasta como los 12 años).

 A mi, esto de ser el adulto responsable de pronto me está costando muchísimo trabajo y me sorprendo a mi misma poniéndome a su nivel y perdiendo todas mis cabras (ya olvídense lo de que se vayan al monte… las pierdo y ya). 

Me engancho. 

Y me caga.

Me reviso, voy a mi terapia, regreso a mis cabales (o a los pocos cabales que me quedan), hablo con ellos, me disculpo y vuelvo a empezar

Pero me caga tanto que me quedo escarbando en mi cerebro qué es lo que me está pasando y siendo que no tengo nada glamoroso ni científico con qué justificarme, lo único que me queda por decir -y justo eso vengo a hacer hoy-, es decir que no soy de palo.

Sucede que la adolescencia de los hijos y sus montañas rusas hormonales se juntan con las nuestras y pues sí, sí se puede llegar a poner muy punk, esa sería la explicación científica. 

La explicación emocional es lo doloroso que es, por lo menos para mí, sentirme el enemigo constante. O el cajero automático. O la persona encargada de resolver cualquier pedo por default o el buzón de quejas de todas las insatisfacciones de su vida y la operación de esta, nuestra casa.

Aclaro: mis pubertos están dentro de los rangos absolutamente normales y no tengo grandes razones para quejarme y/o preocuparme, de hecho y no es por nada, son lo máximo y creo con toda honestidad que lo que sembramos en su infancia el Sponsor y yo está dando buenos resultados. Sin embargo, pues son adolescentes y de eso nadie se salva.

Lo que me está pasando es que me está costando trabajo el ajuste y la transición que implica que los hijos crezcan.

Y es que eso de enseñarles a usar su voz se oye muy chingón y muy  progre… ¡hasta que la usan contra ti! Igualito que lo de enseñarles a cuestionar y a elegir y se pasen entonces los días cuestionándote hasta por qué respiras como respiras y eligiendo cosas que no tienes ni tantitas ganas de que elijan. 

Me cuesta soltar tantas cosas al mismo tiempo (en realidad, me cuesta soltar, punto), darles su espacio, permitirles sus jetas y no subirme al ring -como dice mi sensei Julia Borbolla- a madrearme con ellos cada vez que me invitan, y muy especialmente, acordarme que para encontrarse con ellos tienen ¡tieeenen! que romper conmigo y pues …no sé a ustedes, pero a mi eso de pronto se me complica y por momentos me rompe tantote el corazón.

Así que esta columna es para todas y todos los que en este momento de su vida están permitiendo que sus hijos se desenvuelvan, se encuentren, se auto descubran y se definan mientras nos hacen pomada en el proceso. Sepan que no están solos.

Pensábamos que la peor parte del puesto era la etapa de limpiar (literalmente) la mierda… resulta que no

La peor parte de de ser papás, y mamás, es darles chance de despreciarte, dejarlos pensar que eres un pendejo y permitirles que hagan todo lo posible por alejarse de ti (cuando antes no te dejaban ni hacer pipí sin ellos al lado) y hacerte sentir horrible en el proceso.

La peor parte es, sin duda y como se dice elegantemente, “tragar camote” peeeero sin dejarlos irse al extremo contrario brincándose las trancas, faltarnos al respeto y volviéndose unos perfectos tiranos. 

Se pone chingón.

Hay que seguir marcando las rayas, seguir conteniendo, seguir siendo el jefe, seguir encontrando maneras de conectarse mientras ellos te dicen de todas las maneras posibles y sin ninguna sutileza, que no solo les cagas la madre, sino que además los matas de la vergüenza solo por existir y todo eso se tiene que hacer -dicen- ¡sin engancharse!  

Hijoles… no sé a ustedes pero yo estoy francamente agotada y siento que apenas voy empezando.

Por eso tanta gente dobla las manos y dice “sabes qué… pus ya….” ¿pero saben qué? ¡pus no! no, no podemos tirar la toalla y dejar de hacer nuestra chamba y desconectarnos completamente.

Lo que tenemos que hacer es buscar espacios para atender nuestros corazones, vomitar nuestros malestares (en mi caso, sucediendo en este momento) tener la sabiduría para rectificar siempre que nos equivoquemos, la humildad para disculparnos cuando nos desprogramemos y seguir buscando las mejores herramientas para podernos vincular con ellos desde otro lugar. Un lugar de iguales. De un adulto a otro, aunque uno de los dos esté en proceso de desarrollo.

Un lugar en donde se va a necesitar muuuucha más flexibilidad, la capacidad de transformarnos como papás (porque insisto: no podemos ser el mismo papá de un niño,que de un adolescente, o un joven adulto… a menos de que lo que quieran sea que les explote el cohete y la relación truene) y la sabiduría para marcar límites y establecer canales de comunicación generando espacios para conectar con ellos y la curiosidad permanente de aprender quiénes son y en qué se van convirtiendo ellos, nuestros hijos, sin nosotros.

Lo más cabrón de ser mamá y papá es comprender que ellos son una persona independiente a la nuestra, dejarlos ser ellos mismos y darles el espacio para crecer, y ser, en libertad.

Para que eso suceda, necesitamos hacernos a un ladito, permitirles ser esos adolescentes irreverentes, curiosos, azotados, sabelotodos, voltea ojos y por momentos insufribles, para que eventualmente (¡ojalá lo antes posible!) puedan bajar sus balones y construirse como adultos sin engancharnos en el proceso y sin agarrarnos del chongo con ellos sistemáticamente teniendo muy presente que la libertad incluye también (aunque nos choque, nos escandalice, o nos parezca equivocado) el derecho a tomar sus malas decisiones.

Si quieren que les diga la verdad… no estoy pudiendo taaaaan bien todo el tiempo.

Pero creo que eso también es parte del proceso, de mi proceso de seguirme construyendo como persona, porque yo también sigo creciendo

Los adolescentes son la tesis de la vida adulta y, sin lugar a dudas, la prueba de fuego de los matrimonios o la de criar hijos con alguien más. Son una enorme oportunidad para trabajar nuestra paciencia, madurez, experiencia, autocontrol, sabiduría y sí… nuestra memoria, porque lo más útil para educar a un puberto, es acordarse de cómo se sentía ser uno, ponernos dos segundos en sus zapatos (y otros dos en los nuestros cuando éramos ellos) para buscar el ingrediente fundamental en cualquier relación exitosa: la empatía.

Solo que antes de sentir empatía por alguien más, es indispensable tenerla hacia nosotros y darnos tantito chance de lamernos las heridas y poder decir en voz alta que, a veces lo de ser papás, duele. 

Y caga.

Pero pasa. 

Todas las etapas pasan, las buenas y las malas como todo en la vida, son impermanentes.
Eso es lo más importante a tener presente para que cuando nos queramos defenestrar, o apretarles el pescuecito, mejor los vayamos a abrazar y recordemos que seguimos siendo sus papás y eso, sigue siendo un privilegio.

https://cuestione.com/opinion/familia-estres-adolescentes-hijos-padres-reglas-responsabilidad-lamargeitor/

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s