Mi papá decía que en una maleta había que echar siempre un traje de baño, una chamarra y algo para taparse la cabeza (siendo pelón, entiendo perfectamente esa prioridad). Fue un viajero perpetuo y un experto en el arte de saber qué y cómo empacar para un viaje y mi mamá, una especialista en eso de hacer maletas y lograr que cualquier cosa cupiera.

Yo heredé eso de hacer que cualquier cosa quepa, soy una master empacadora. Lo de qué llevar siempre se me ha complicado: pasé de siempre llevar de menos y hacer corajes, a llevarme todo mi clóset… y seguir haciendo corajes.

Este último viaje comprendía varios grados de dificultad porque incluía una boda (con tres eventos) más playa, más expediciones, más ciudad. No fui la única a la que le costó trabajo empacar, al mencionarlo, todas las mujeres involucradas se “quejaban” de lo mismo, desde la que traía seis pares de zapatos (para siete días), la que de plano pagó para llevar otra maleta, la que llevaba una maleta tan grande en donde hubiera podido caber ella, la que le pidió a alguien más que le llevara los dos pares de zapatos que ya no le cupieron o yo, que debo confesar, me lleve, tan solo, seis outfits de más…

Es como si llenar la maleta con todas nuestras pertenencias nos hiciera sentir que estamos protegidas y sí, sí creo que llevar suficiente y sentirnos “bien vestidas” para cada ocasión es importante para la paz mental pero, de ahí a ir como el Pípila, definitivamente hay una enorme diferencia.

Y es que el secreto de las maletas (y empiezo a pensar que también de la vida) no es hacer que todo quepa, sino aprender a elegir bien qué meter y se va a usar pero sobre todo …qué sacar porque ya no hace falta.

Que ya no necesitas cargar y qué ya no se te puede nunca olvidar.

Las cosas que vamos metiendo en las maletas van cambiando con los años ¿ya se fijaron? ¡Obvio ya se fijaron! Yo, por ejemplo, pasé de meter dos cartones de cigarros y dos kilos de rollos de fotos, a dos kilos de suplementos y artilugios para tener mi intestino bajo control, más una buen kit de medicinas que, además de robarme espacio y peso, me sirve de amuleto porque obvio, cuando lo llevo nunca hace falta pero las veces que se me ha olvidado todo el mundo se enferma.  No me voy a ninguna parte sin mi almohada ortopédica para no contracturarme el cuello o, muy indispensables, mis chanclas para no tener que pisar pisos extraños ni regaderas sospechosas.

En esta era moderna, además, vamos por el mundo con un celular, un ipad, una computadora, 300 cables cargadores, el estuche para cada una, los audífonos chiquitos, los grandes, la bolsa de día, la de noche, los tacones para este outfit, los tacones para el otro, los zapatos de caminar, los de hacer ejercicio, las chanclas de mojar y las “elegantes”, un promedio de dos cambios diarios y en general, me parece que vamos por la vida como gitanos llevando nuestra casa a cuestas y todas nuestras prioridades muy mal acomodadas.

Vamos pensando en salir bien en las fotos. Llevamos nuestra agenda llena de spots para posar, lugares para comer, cosas por hacer, itinerarios matadores y estrictos para palomear todo lo que TIENES que ver porque pues ya estás ahí y uno no se puede perder nada y, evidentemente, no solo se trata de estar, sino de estar perfecta para cada ocasión.

Así que metemos nuestro closet completo en la maleta y nos vamos muy seguros por el mundo. Lo que se nos olvida es que la Ley de Murphy no descansa y siempre, siempre, azota. Así nos azotó a nosotros cuando el día del paseo (que pensábamos que sería caluroso y para el cual nos habíamos vestido) el clima cambió y de pronto, sin aviso, a la mitad de nuestro desayuno en medio de un mercado precioso empezó a helar, sí, helar.

No llevábamos un pinche suéter, acabamos enrollados en nuestros pareos cagándonos de frío mientras, en nuestras maletas, nuestros dos kilos de cosas para taparnos se desternillaban de risa. Como regresar no era una opción y tener frío es siempre el peor quita risas de la historia, tuvimos que hacer una parada de emergencia en unas tienditas locales a comprarnos, todos, una sudadera y unos pants. Qué ardor (para nosotros, porque las señoritas de los negocios locales estaban rete felices). 

Evidentemente a partir de ese día metimos el closet en la cajuela para asegurarnos de estar preparados para todo y no volver a comprar nada porque “no era un viaje de comprar nada”… hasta que se nos cruzó un pinche Target y pues… me imagino que ya se saben el resto de la historia 🙄.

La empacada para regresar nunca es tan divertida como la de cuando te vas y por más que sepa empacar muy bien y siempre lo logro (aunque a veces “lograrlo” implique regresar como chivero, pedir asilo en otras maletas oooo, incluso, comprar otra maleta) me pasa cada vez que estoy pariendo chayotes y mentando madres preguntándome para qué chingados traje ropa para 25 días cuando el viaje era de siete o compré tanta mierda que en realidad no me hacía tanta falta, pero que en la tienda me parecía indispensable.

Odio esa cruda moral y el viacrucis de las maletas.

En la vida pasa igual la mayoría de las veces y nos damos cuenta tarde, de cosas que hemos estado cargando que ya no son necesarias. De cosas, compromisos o personas que adquirimos que no hacen falta. Nos uuurge aprender a viajar más ligeros y no andarnos haciendo tantas bolas. En los viajes. Y en la vida.

Relajarnos un chingo y recordar que en realidad a nadie le importa cómo estamos vestidos, si el zapato es el perfecto para la ocasión o si repetimos o no uno que otro pantalón.

Por supuesto, también es importante planear un viaje para que no te pase que por no planear nada se te acabó y te fuiste en blanco. 

Yo soy 100% de la idea de tener claro qué no te quieres ni te puedes perder y de aprovechar siempre para conocer el lugar y no quedarte tumbado en la playa o sentado en restaurantes  cuando hay tantas cosas que conocer. Absolutamente. Pero de ahí a tener todo tu tiempo cronometrado, me parece que no es necesario. Que hay que dejar tiempo para descansar. Para mensear. Para sentarte a ver pasar la vida o tardarte un poquito más en cierto lugar porque te encantó. Opción de barajar los planes y los itinerarios y poder adaptarse a los climas y los humores dejando siempre abierta la posibilidad de cambiar de plan…

Las vacaciones son para pasarla bien. Y aunque pasarla bien incluye un poco de planeación creo que muchas veces se nos olvida alivianarnos tantito y simplemente, disfrutar.Aprender a cargar menos y gozar más. En los viajes. Y en la vida. Y recordar, como decía mi papá, que siempre hay que dejar algo para la próxima vez y que uno la pasa mejor, cuando viaja más ligero. En los viajes. Y en la vida.

L ´amargeitor

*Esta columna se publico previamente en Cuestione

https://cuestione.com/opinion/viajes-vida-maletas-amigos-familia-lamargeitor/

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