Hay doscientos millones de frases que hablan, explican, argumentan y promueven el cambio.

El cambio como una constante, como lo único seguro, como la única parte de la vida de la que podemos estar seguros de que va a pasar… que va a cambiar.

Hay incluso frases para venerar el cambio, como esa tan usada en sus hashtags: “bendita impermanencia” 🤮.

Y, si bien es cierto que todo eso es verdad, hoy ustedes me van a disculpar pero yo no tengo ganas de hablar bien del cambio.

Porque el cambio duele. Mucho. Nos avienta a precipicios que no tenemos ganas de aventarnos. Nos hace sentir culpables por no haber hecho algo distinto para que las cosas no cambiaran. Nos obliga a salirnos de la zona de confort (hija de la chingada esa también, la odio). 

Nos acojona frente a lo que viene, lo que no queremos que venga, o no sabemos por qué aceptamos que viniera (probablemente pensando que nunca llegaría el día, ese, que siempre llega). Nos hace dudar de todo, de todos, de nosotros mismos. Nos preocupa. Nos quita el sueño y, en varios momentos del día, la perspectiva.

El cambio, a veces, da mucho miedo…

¿Por qué? ¿Por qué nos cuesta tanto que las cosas se muevan, que nada permanezca, que nada sea “seguro” nunca? Pienso que tiene que ver mucho, o todo, con eso de soltar.

Es increíble que a 15 días de cumplir 50 años, soltar siga siendo una de esas cosas que sigo sin poder hacer sin que me cueste un huevo. O dos. O a veces, hasta mi colón, que según mi última colonoscopia, parece un gnocchi de lo apretado que está… ojalá así tuviera las nalgas de apretadas pa´ que por lo menos sirviera de algo. Pero no. Lo que se me aprieta es el alma que a veces se niega a, simplemente, fluir.

Y es que sí son muy bonitas todas esas teorías tipo Marie Kondo (pero en versión relaciones humanas y crecimiento personal) como el término de moda “responsabilidad afectiva” y eso de dejar ir a las personas y las situaciones de tu vida con amor y agradecimiento y que “las cosas siempre pasan por algo” y que “hay que confiar” y “visualizar” y “un día vas a agradecer todas las cosas que te están pasando” y “vas a crecer muchísimo con todas estas experiencias”. Sí, qué bonito y todo, pero con todo respeto, chinguen a su madre.

La verdad es que, efectivamente, nada podemos contra el cambio. Las cosas se mueven. Las personas. Las relaciones. El timing. Todo está, efectivamente, en constante movimiento. Los hijos crecen. Los papás se mueren. Nuestro país que cambia diario para mal y el mundo que no ayuda con pendejos que insisten en dar pasos para atrás y ponernos a todos de rodillas y en un estado de alerta permanente.

Nos volvemos resilientes ante todo esto, nos acostumbramos incluso a vivir en medio de tantas olas y nos vamos repitiendo los mantras esos para sobrevivir y hacernos tantito mensos, pero eventualmente se nos agotan los recursos y llegamos a lo que yo llamo (y creo ya voy a patentar) la angustia catastrófica galopante.

¿Y saben una cosa?

También se vale. Se vale tantito dejar de remar y echarse a llorar por horas, o por días. Se vale decir ¡así no quiero! ¡Este no era mi plan! ¡Extraño a mis niños chiquitos y sus abrazos llenos de mocos! ¡Estoy cansada! ¡Tengo miedo! ¡No voy a poder! ¡No quiero que esto pase!

Me van a disculpar pero para poder darle el golpe a los cambios culeros de la vida, y poder ayudar realmente a alguien en una situación así, antes de todas las frases motivacionales  y todas las porras que uno le quiera echar a quién esté en la lona, o a uno mismo (empezando por la que se supone que dijo Winston Churchill -porque la neta ya uno no sabe quién dijo qué y a nadie le consta nada-: “si estás pasando por el infierno, sigue caminando, porque la única manera de salir, es atravesándolo”) es permitirle, o permitirte, revolcarte tantito en el dolor, la frustración, el miedo, el coraje, la tristeza, el enojo, lo que sea que estés sintiendo… siéntelo. 

Nos obsesiona hacer sentir mejor a los demás, quitarles eso que les duele, salvarlos. Nos urge sentirnos bien nosotros también y daríamos cada célula de nuestro cuerpo por poder estar ya del otro lado del infierno, ese del que habla Churchill (disque) ¿Y saben qué? #todomal.

¡El duelo se llama duelo… porque D.U.E.L.E!

Somos la cultura del no sentir. De resolver. De hacer como que no pasa nada. Nos anestesiamos con pastillas. Planes. Chupes. Comida. Ejercicio. Chamba. Tele. Celular. Infidelidades. Evadimos de todas las maneras posibles el dolor del cambio. Y lo entiendo porque francamente a veces duele demasiado… pero evadir es resistir y resistirnos a lo que es, además de una pendejada, es el primer paso para quedarnos ahí atorados para siempre.

O, peor todavía, los que pretenden ser siempre positivos, los que yo llamo optimistas tóxicos, que insisten en que no pasa nada y que todo es para bien y que lejos de llorar hay que alegrarse y vibrar alto no matter what. No mamen no-so-por-to el término “vibrar alto”, ¿qué son esas mamadas?

Y es que sí, sin duda, todo lo que nos pasa nos enriquece, nos hace más fuertes y muchas veces nos pone en un lugar mejor: ¿de qué otra manera se explicaría entonces que la humanidad lleve cientos de miles de años sobreviviendo a tanta chingadera?  ¡Obvio vamos a sobrevivir a cualquier cosa por la que estemos pasando por más horrenda que sea!  

Porque, ¿saben qué? Lo peor de todo, es que por más horrenda, esto no se acaba hasta que se acaba, pero eso no quiere decir que tengamos que ir por ahí escupiendo esquizofrénicamente frases positivas y mensajes esperanzadores a lo pendejo a nosotros mismos o a los demás.

Pienso que entonces, el primer paso para poder empezar a entendernos con el cambio tiene que ser rendirse ante lo que es y dejar de discutir con la realidad.

Romperse.

Revolcarse un rato en los hubieras, los no quiero, los me voy a morir y cómo le voy a hacer.

Rendirse ante el dolor de la pérdida que implica cualquier cambio. Un ratito.

Como dice Glennon Doyle: first the feeling, then the healing, then the raising (insisto en que si no han leído su libro UntamedIndomable, lo hagan).

Normalicemos que para reponerse de cualquier cosa, primero hay que dejarse sentir mal. Y a veces muy muuuuy mal. Enfrentar los duelos. Atravesarlos. Masticarlos. Emputarse con ellos y finalmente poderlos integrar como parte de nuestro equipaje en nuestra maleta llamada vida.

Así que déjenme decirles qué es lo único que realmente sirve en momentos así, aunque se me venga encima toda la humanidad experta en frases motivacionales, cursos de crecimiento personal y experiencias de autodescubrimiento y técnicas para aprender a soltar y vibrar alto: primero hay que tirarse al piso y patalear, ya sé que no suena nada elevado pero es lo que hay y la única manera de poder empezar a sanar.

Algunos cambios duelen. Déjalos doler. Y en el proceso, rodéate de gente que te acompañe en tu miseria en silencio o te escuche por horas vomitando tus entrañas y gente a quién puedas pedirle ayuda. Hay que aprender a pedir ayuda. Sin pena.

Y si se trata de acompañar, sean esa persona para alguien más, sin tratar de resolverle sean simplemente un espacio seguro para sentir, una oreja para escuchar y unos brazos para abrazar.

Lejos de fórmulas mágicas para ayudar, o sanar, lo que hay que dar es el espacio para que lo que está pasando suceda y podamos aceptar que las cosas, ahora, son así.

El tiempo en realidad no cura una puta mierda… nos curamos nosotros. No es romántico pero es lo que hay (otra frasecilla que escuché por ahí que me pareció muy acertada) y para eso hay que darse permiso de sentir y armarse de un buen equipo de apoyo para irse reconstruyendo un poquito cada día, dependiendo el día, porque los cambios, igual que los duelos… tampoco son lineales y no es casualidad, son los maestros que la vida nos manda para, precisamente, aprender a fluir y soltar. 

La teoría es hacer de la impermanencia un aliado, un músculo en constante movimiento que nos haga más fuertes y más flexibles.  La práctica cuesta muchísimo trabajo pero no te la vas a poder brincar y creo que, eventualmente, podremos ver que el cambio abre también nuevas posibilidades y que las cosas se resuelven (y se asimilan) un día (y un paso) a la vez.

No hay que ver toda la escalera, sino fijarse dónde vas poniendo cada pie, y no olvidarse de respirar en el camino.

No puedo negar que también se vale pescarse de una frasecita de vez en cuando para sobrevivir. Cualquier cosa se vale mientras no te hagas pendejo y trates de hacer como que no pasa nada… así que les dejo esta que es, sin duda, una de mis favoritas:

“Cuando salgas de la tormenta, no serás la misma persona que eras cuando entraste en ella… de eso se trata la tormenta”

-Haruki Murakami-

(disque 😉 ).

Esta columna fue previamente publicada y la puedes escuchar leída por mi en Cuestionehttps://cuestione.com/opinion/deja-discutir-realidad-cambio-familia-criticas-procesos-lamargeitor/

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