Diapositiva1Hoy dejé a mi hija en su primer día de prepa

¿Ella? Feliz, emocionada, nerviosa. Misma escuela, diferente plantel y un universo mucho más grande en todos sentidos. Le urgía expandir sus horizontes, conocer gente nueva, cambiar de tema con las amigas —qué pinches complicadas podemos ser las viejas ¿no? — y ampliar el repertorio de posibilidades en todos sentidos… le urgía crecer.

¿Yo? feliz, emocionada, nerviosa y contenta por ella…hasta que se bajó del coche y la vi meterse por esa puerta gigantesca ydesaparecer a un universo al que yo ya no tendré acceso…

De pronto me di cuenta de que no tengo idea de lo que va a pasar ahí adentro, de que yo ya no voy a ser parte de esa parte de su vida y eso, eso sí me hizo atravesar Ejército Nacional llorando tantito.

Siempre he pensado que a los hijos uno los va soltando un poquito desde el primer día, enseñándoles a ser independientes con cosas cotidianas: dejarlos elegir su ropa para construir su autoestima —de prefer, antes de los 14 y asumiendo el poco sentido de estilo que puedan tener—; servirse su comida para aprender a auto regularse —en lugar de atascarlos de la porción que nosotros creemos que se “tienen” que comer y joderles forever, el tema ese tan importante de escuchar a su cuerpo—. O reprobar la materia si no chambearon, para aprender las consecuencias de sus actosen serio: no pasa nada y no hay peor estupidez que dejarlos avanzar cuando no están listos—. Y a resolver sus conflictos personales con sus amigos o hermanos sin intervenir, para aprender a negociar y ser empáticosmamás: en serio, no sean metiches y búsquense sus propios problemas—.

Sin embargo, hay momentos en la vida en las que eso, lo de soltar, se hace más evidente y cuesta y asusta y, también… duele.

Pero como dice Ale, la más sabia de mis amigas: si no los sueltas hoy ¿cuándo?

La idea es soltarlos gradualmente, darles herramientas, permitirles encontrar su camino, dejarlos equivocarse interviniendo lo menos posible… En lugar de eso, estamos convirtiéndolos en unos perfectos inútiles.

No sé en qué parte de la historia entendimos que nuestra misión es que nada les duela,  les incomode, o les estorbe tantito y bajo ese estandarte, estamos dispuestos a-to-do con tal de evitarles que pasen cualquier mal rato sin entender que, los malos ratos, las crisis, los problemas, ¡los retos!, son justo lo que necesitamos para aprender a ser resilientes.

No podemos ¡ni debemos! ir por la vida resolviéndoles todo, oigan.

La tolerancia a la frustración es lo mejor que podemos ponerles en el camino para ejercitar eso de saberse adaptar a lo que les toque —¡y vaya que les va a tocar!— y esa también, se aplica desde muy pequeños con cosas de todos los días —¡Ojo! no hablo de los bebés, la idea de que un bebé es mañoso y que hay que dejarlo llorar o no cargarlo para que “no se acostumbre” me parece una completa aberración—.

Quítense el miedo a “traumarlos”, nadie se trauma por no salirse con la suya y, en cambio, en la obsesión por evitar hijos traumados, estamos formando una generación de escuincles berrinchudos, tiranos, arrogantes y completamente insoportables y, no se ustedes, pero yo creo que el mundo ya tiene suficientes de esos y que, francamente, guácala.

Decirles no más seguido es la mejor estrategia a largo plazo y les recomiendo enormemente que la usen.

Los invito también a pensar lo que nosotros necesitamos hacer por nosotros. Parecería que todo eso que hacemos para “facilitarles el camino” no es otra cosa que un mecanismo de control y, muy probablemente, una manera de justificar nuestro lugar en el mundo y de sentirnos indispensables y eso, para mí, está de la rechingada.

Porque no, no podemos definirnos a través de los hijos, ellos necesitan definirse solos. Nuestro trabajo es, simplemente, darles el espacio para hacerlo. Nosotros, necesitamos buscar otras maneras de enriquecernos y seguir creciendo, buscar nuevos caminos que nos hagan sentirnos satisfechos como personas y no ser la persona a merced de los hijos que después usa eso en contra de ellos como instrumento de chantaje.

Nos urge meter la nariz en donde a huevo tenemos que meterla y sacarla de donde no nos compete, de inmediato. Nos urge romper con la gigantesca incongruencia entre estar siempre involucrados hasta el cuello y lavarnos las manos olímpicamente.

…los dejamos ir a fiestas sin saber quién rayos está a cargo; les ponemos chupe en la suya —“porque si no nadie va a venir Má”; los ayudamos a salir ilesos de problemas y responsabilidades legales; les soltamos demasiada lana y nos olvidamos de recordarles que son humanos —y no el pinche marajá de Pocajú— y permitimos que todo lo pertinente a su vida social, lo manejen ellos porque —es que ya son grandes y ya no se usa que yo me meta porque qué oso—. Perdón, claro que ellos deben organizarse, pero nosotros TENEMOS que estar enterados de quién, cómo , cuándo y  dónde ¡siempre! Y, por otro lado, estamos metidas todo el pinche día en el chat de las mamis, repelando en la escuela, armándosela de tos a los profesores por disciplinar a nuestros monstruitos, haciéndoles la tarea, sobornando gente y organizándoles sus  viajes estrambóticos paso a paso porque estamos convencidas de que solos no van a poder…

¿Si me entienden?

La misión es permitirles responsabilizarse de ellos de más en más, e ir recuperando esos espacios para nosotros, para nuestro proyecto de vida, de pareja, de trabajo.

¿Qué vamos a hacer nosotros con el resto de nuestra vida cuando los hijos ya no nos necesiten?  ¿Cómo va a ser su relación con ellos cuando ya no sean ¡espero! el proveedor de sus retoños? ¿Qué relación tienen con sus hijos, con sus parejas, con la familia, más allá de la agenda y sus actividades cotidianas? ¿Se han puesto a pensar? ¿Están haciendo algo al respecto? ¿Están buscando otras cosas que los hagan sentirse útiles y felices?

Qué les parece que este año escolar nos concentremos más en dejar de intervenir en la vida de nuestros hijos  y nos ponemos a pensar en hacer algo productivo con la nuestra —repitoooo: permitiéndoles ir tomando las riendas de su vida pero sin deslindarnos de nuestra responsabilidad real de padres de familia—.

Algo que nos haga sentirnos más completos, que nos permita dejar de asfixiar a nuestros chavos, acompañarlos en la medida de sus necesidades y, que nos ayude a forjar un camino más saludable, menos sobreprotector y más compartido para andarlo junto y no, encima, de nuestros hijos.

Qué les parece que confiamos un poco más en ellos y los dejamos ir.

 

L´amargeitor

 

 

*Este post fue previamente publicado en Cuestione

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